La libreta negra

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Tras días de tormenta, de calmas y rebrotes, de olas para hacer justicia a los constructores de botes que apelan a la condición marinera de la embarcación “salva-vidas”, Ventura salió de su letargo expectante, atado al banco de proa, con la necesidad de escribir el relato de sus complicadas decisiones con la síncopa salina del océano que, vista la nueva calma, era un recomenzar imprevisto. Con la duda de haberlo soñado o vivido, las tormentas oceánicas son serpientes sinuosas sin principio ni final que terminan aflojando las tripas y los sentidos, le dio vueltas a la respuesta recibida, un tiempo atrás en un aeropuerto africano, sobre la pérdida de su libreta negra: “lo más probable, señor, es que su libreta lleve dos días volando en ese avión sin ser detectada”. Mirando la sequedad volcánica del paisaje, la fina capa de tierra espolvoreada por el viento sobre seres y objetos, lejos de lamentarse, creyó concluida la trama que desde hace años lo había atrapado a lugares y personas, a cumplimientos y deberes. Ese instante fue lo que dura un cigarrillo sin filtro. O era epílogo o era prólogo.

La libreta comenzó a garabatearla en otro aeropuerto de otro continente, seis años antes. Era de los pocos bienes que poseía y, probablemente, el de mayor valor. Se la había regalado Julieta antes de su marcha. Odiaba los diarios personales y el único texto redactado con esa apariencia fue el inicial, escrito en sala de embarque, tras el desolador abrazo de despida. Y lo hizo porque estaba seguro que sus palabras, en aquella cantina mexicana de Madrid, lejos de componer un todo en el que decir que se iba, pero volvía, que tan solo era un lapsus estúpido y obligado por la necesidad de trabajo en cumplimiento de una cultura, también estúpida, de la cual se estaba desprendiendo, había sonado a abandono. Demasiado viejo para expresar que ella era la primera persona que le había movido el piso y él vivía en el desconcierto de los sentidos y los sentimientos. En una carilla y media se desnudaba, ya tarde. De ahí en más, la libreta se llenó de comienzos, de conversaciones inventadas, de palabras sin orden, de proyectos nunca realizados, de caligrafías imposibles llenas de impulsos. Y Ventura la fue estirando para jamás concluirla. Le encontró recovecos para no gastarla. Sin relecturas. Siempre en tinta negra, emborronada, sin renglones.

Mientras fumaba ese cigarrillo en su ocre horizonte de terminal de puerto aéreo, imaginó a su libreta negra escrita por otros, sentenciada a las ocurrencias, contenida por explicaciones que otras personas sentadas en el asiento 9C les daban a sus escritos, dibujada por el aburrimiento de un viaje, quizás, ya, a colores; quizás en lenguas desconocidas. Y hasta le hizo gracia. Al fin y al cabo, nunca había concluido algo, nunca se había sentado a contemplar algo propio.

Por un momento rebuscó entre las pocas pertenencias del bote para saber si aún tenía su libreta, si había sido un sueño para distraer la tormenta. Y no estaba. Miró al cielo y se preguntó si la libreta negra todavía volaba o ya era parte de los restos de su vida. Por primera vez desde el naufragio, les puso rumbo a sus remos.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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