La intuición

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Él colgó el teléfono, abrió una cerveza y dio por finalizada la tarde productiva de mate y bizcochos. Punto final por hoy a la proyección de ideas, a su corrección permanente, a la simulación de escenarios posibles. La llamada había sido de trabajo y no aclaró nada. La reunión para la firma del contrato con el medio de comunicación se posponía sin fecha si bien todo eran halagos al proyecto. Y a su persona. Se dejó caer en el sofá reproduciendo los silencios y el tono de las palabras escuchadas. Esos sonidos, las inflexiones y la sintaxis empleada irremediablemente eran iguales a otras llamadas copulativas. Presentado el proyecto, se produce la llamada copulativa y posteriormente el resultado. Negativo siempre. O casi. Claro que, al no existir la negación taxativa, aventurar el desenlace y pasar página definitivamente es un acto valiente, al alcance de pocos. Él lo sabe, la experiencia acumulada a través de los sentidos se lo indica. Es un cobarde porque teme mandar a la mierda un proyecto o persona sin un rigor cuasi científico.

Mientras traga la primera cerveza mirando la pared, recuerda otras situaciones similares, las veces que al no existir un no rotundo se había ilusionado con un posible sí. Y recuerda el posterior palo. Los primeros duros; los siguientes encajados con la lógica del contexto. Sin embargo, una y otra vez repite esta inevitable travesía por el desierto apelando al quizás, por una vez. el resultado fuese positivo. A la tercera cerveza ya sonríe. Se imagina su estampa en el sofá chupando cerveza y elucubrando con la primera palabra del siguiente proyecto a desarrollar. Tiene una libreta y proyectos efervescentes en la cabeza.

Se pasa al whisky la siguiente hora entreteniendo sus pensamientos en adivinar las vidas de las personas que caminaban bajo su balcón del apartamento que le han prestado.

Un cuarto de botella después, justo antes de abandonarse al resto de la botella, se larga a caminar un rato. Las primeras cuadras son una explosión de vida. Veteranos sentados en la vereda tomando mate bajo el frescor de los arboles, jubilados barriendo las hojas de plátano de su trozo de ciudad, chiquilines jugando al fútbol, barras de jóvenes conversando sus descubrimientos y perros moviendo la cola. Sus ocasionales vecinos. Montevideo huele a jazmín en primavera. En realidad, a ramitos de jazmín mojados sobre cajones de madera. Embriaga y conduce la memoria cuando se está lejos.

La rambla se ha poblado de murmullos, deportistas y consumidores de sol. Las bandas sonoras disputan el espacio sin pelearse. Están. Es el Parque Rodó. Él tiene su parada más allá, en las rocas de Ejido. En el camino hace un par de llamadas sin éxito. Llama en el último momento. No cultiva las relaciones esporádicas. Le es imposible sin sentir que renuncia a una parte de sí que vive a miles de kilómetros. Los atardeceres despejados pintan de plata las aguas marrones del río. No hay rayo verde. Sí muchos barcos picassianos esperando para entrar al puerto con mercancías de países lejanos.

La primera vez que se marchó lo hizo en barco. Verlos junto a la raya del horizonte lo transporta. Para la mayoría de sus improvisados vecinos de rambla son el atrezo de una tarde perfecta. Para él es un living junto a otro mar, esta vez azul, de labios generosos y ojos ámbar. Se pregunta si desde ese azul intenso ella lo recuerda en estos momentos. Será la hora del almuerzo. Antes existía una sincronía de difícil explicación donde las palabras y deseos se encontraban sin reclamarse. Ahora solo el deseo de seguir siendo algo de alguien.

La noche cae y permanece inmóvil chupando cerveza frente al río, transportado a otros momentos y lugares por las luces de los barcos que marcan castillos y proas. Recuerda sus 17 años, anclado en la rada de un puerto italiano con la tristeza de ver la ciudad desde el mar, chupando cerveza, escuchando músicas anti dictaduras, con sus uñas ribeteadas de grasa, observando sin ser visto. Recuerda sentirse bloque de mármol inerte. La mar solo crea desechos de personas.

Vuelve a intentar una cita y tan solo consigue un tal vez que suena a un no con diplomacia. Pasado ese impulso de llamar para saciar la soledad del cuerpo se siente como un ser vil, irrespetuoso con ellas, infiel con ella. Camina por su antiguo barrio para tocar sus paredes gastadas. Sus caricias deshacen trozos entre sus dedos. El tiempo trabaja implacable en los cuerpos. En su memoria son paredes viejas desde su infancia. Un barrio viejo, al sur de la ciudad, junto al río de una sola orilla. Lejos de los barrios jóvenes de edificios erectos más allá de Punta Carretas. Un día le preguntó a su viejo por qué no se mudaban a esos barrios donde la prosperidad se palpaba sin palabras. Su viejo se lo llevó a caminar por el barrio. Era un sábado por la tarde. Un paseo sin prisas, con historias y saludos, con comentarios y anécdotas. Su viejo era una incógnita. Los comentarios y los álbumes de fotos lo describían en un mundo de lujos, de embajadores y estancieros, de damas de piel fina y blanca, de viajes en barco al norte. Él solo lo había vivido en su taller de juguetes, en los domingos de la cancha, en las rocas de Ejido o en las excursiones llena bolsos y sombrilla en ómnibus repletos hasta el puente Carrasco. Tanto en las fotos como en la diaria, su viejo mantenía la sonrisa. Era un tipo popular. Muchos años después entendió que aquella memorable tarde de paseo sin prisas su viejo le había ayudado a romper el himen que rodea a la familia. Y se lo enseñó con los sentidos: saludar es un beso con sabor a historia, olor a la realidad y textura mestiza. Conversar es compartir el espacio que a veces huele a primus, otras a asado y algunas a mugre. Observar es mirar sin prejuicios sumando fotogramas a la propia historia. Oír es descubrir lo fascinante del otro.

Después de cada conversación o saludo, su viejo le hacia una breve semblanza de la persona. Breve. Buscando lo comprensible para un niño. Aquel había jugado al fútbol en Peñarol, aquella había actuado años en la Comedia Nacional, la señora tan amable era madre de 8 hijos, tenía 20 nietos y tres bisnietos, uno de ellos compañero suyo de clase, trabajadora en la fabrica de cigarros y esposa de un señor ya muerto, estibador del puerto y proveedor del mejor whisky en las fiestas de la familia. Lubolos, murguistas, punguistas, putas, doctores, canillitas, escobilleros, bailarines, vedettes, matemáticos, canas, chorros, tacheros, peluqueros, maestras, almaceneros y, sobre todo, bolicheros. ¿Por qué mudarse entonces de barrio?

Las historias viejas las almacenó y permitió que otras se fuesen construyendo con sus sentidos.

La Parrilla del Sur es un clásico. No será la mejor pero tiene ambiente. La noche viene media bajoneada y para levantar el ánimo y hacer base, un buen asado con achuras y ensalada. Por un momento, mirando el menú escrito en la pared, las corvinas y doradas le provocan una sonrisa. Ella, en su litoral del norte, casi lo había domado. Era irresistible probar sus pescados narrados paso a paso. Su toque secreto, heredado y solo desvelado a los íntimos, a sus elegidos, inundaba el paladar. Era como encontrar el sabor a hoja de otoño en un vino. Imposible. Real si ella lo describía. La cocina con su presencia era alcoba de los sentidos. Y él la disfrutaba hasta estremecerse. Y ella lo sabía y se dejaba. Una simple tostada con aceite, tomate, ajo y sal era un plato sublime capaz de maridar con sus eternos amargos matinales. Muchacha ojos de papel.

La realidad de la parrillada era la incomunicación. En cada mesa un teléfono por persona. En cada persona otros lejanos, virtuales, imaginarios. Todos abducidos por la luz freón que emana de las terminales. Él, desnudo, derrotado rebusca en su bolsillo para encontrar y mira el suyo. Repasa mensajes, llamadas y aplicaciones. No tiene algo, solo cobertura. Rara vez tiene alguna comunicación pero igualmente pasa sus dedos por la pantalla como si estuviese jugueteando con el sexo de ella.  La que está lejos. Se ríe sin pudor de su jueguecito. Nadie le da pelota. Abducidos. Abombados. Alienados. Y todas las aes que a uno se le puede ocurrir. Y sus dedos no son los suyos, delgados y mordidos.

Con tranco firme que no ágil llega hasta la Ciudadela. Los boliches de la noche ya funcionan y priman los veteranos, salidos de cines y de teatros, de cenas de amigos o en parejas. Acodado en el mostrador, les inventa historias. Arregla con un mozo la compra de falopa. Whisky y falopa hacen buena yunta con un tipo solitario. En el baño se da la primera biaba y es como si recién empezase la noche. La columna se endereza y el oído agudiza la recepción de conversaciones. Cruza a la rambla para sentarse en el mismo banco de granito rosa que hace un año compartió con ella. Una visita fugaz grabada segundo a segundo en su memoria. Ahora,… ahora solo está con su fantasma. Y en noches como ésta, locuaz, martillando culpas, silencios, malentendidos, frustraciones y miedos. Muchos y putos miedos. Miedos a no repetir comportamientos, a liberar lo que la razón oprime.

El río es incomprensible para el foráneo. Le falta una orilla y por eso le llaman mar. Nunca océano. Mar marrón, a veces verde, a veces salado. Él canturrea la “Canción para mi muerte”. La canta desde los 13 años cuando su mundo se eclipsó. Sui Géneris. Charly García y Nito Mestre. Contrapunto en punto y banca. Charly sigue igual con su locura creativa. ¿Por qué cambiar?

La repiensa, la recontra piensa con la mirada fija en la boca del lobo de un horizonte marino. Estará atardeciendo sobre su rostro en un otoño templado y seguro lluvioso. El verde nunca es gratuito. Justo antes del programa el pico de estrés es máximo. Las noticias caen como fichas de taxímetro y poner perspectiva es un ejercicio de experiencia. A ella le sobra. Y sin embargo, cada día le asaltan las dudas que disimulan con decisión. Por su escritorio pasarán los que buscan su aprobación. Sí, cambia esto, así sirve, esta noticia se cae, serán frases que ella estará pronunciando, justo ahora que él la piensa en el banco de granito rosa de la rambla sur montevideana. Y quizás, desea esnifándose el viento, quizás, una mirada pérdida a través de su ventanal para recordarlo. Un instante para impregnar su pecho del aroma de ambos, para pronunciar su nombre perdido en un inmenso sur. O no. Esa duda está. Debería ser lógico pasar página. Ella debería haberlo hecho. No se han vuelto a comunicar, ni tan siquiera un correo para saberse vivos. Él la reconoce como igual. Sabe que cuando llegue la madrugada ella estará dándose la biaba allá en el norte. Espiando conversaciones, viendo bollos como ella llama a los tipos facheros. Montando su montaña rusa de picos de libertad absoluta en lo más alto, de descensos vertiginosos a los valles de la necesidad de otro mundo, otros deseos, otras miradas.

Justo cuando el programa de televisión comienza en el norte,  vuelve sobre sus pasos a bolichear. Ella conducirá las realidades que él cree que lo expulsaron. Él vivirá la realidad que ella cree que vino a buscar.

La falopa y el alcohol inhiben su timidez habitual. Desea hablar. Sabe que suele ser un pesado. Que cuando está en el norte su conversación es el sur y al revés en este hemisferio. La emigración y retorno han sido secuencias repetidas de su vida. Un ocho perfecto, boca arriba y boca abajo. Busca víctimas para sus palabras y se sienta junto a dos mujeres que hablan de teatro. Magnifico teatro. Teatro de sonidos directos, próximos, que enganchan. Las sociedades que no disfrutan del teatro están condenadas a vivir vidas de otros en una anodina tela blanca. Desde su retorno ha recuperado el teatro. No le interesan ni autores ni actores ni atrezo ni fondo de escenario. Le gusta la trama y el sonido claro, casi justo junto a su oído. Y ese punto de luz por donde brotan las palabras. Lamenta las butacas, su disposición en hileras. Desearía pisos o sofás, disfrutarlo como en el patio trasero de una casa bajo una parra. O al menos en el living. Su percepción del drama es una buena estrategia de entrada para sumarse a la conversación de las dos mujeres. Interesantes mujeres.

La pasión en su discurso, atrapa. Tiene suerte, además. La trama de la obra narra la repatriación de un libanés, muerto en Francia, para ser enterrado en el Líbano. Dos orillas en una misma persona. Dos horas de charla y risas por sus disparatadas opiniones. Dos horas de bufón. Dos horas sinceras que son mejor dejarlas en la ocurrencia de una noche que busca cama que mostrarlas como su credo. Al final, la más próxima, la más mirada, la más conversada decide que él también puede ser una noche de cama. La moneda cae cara: será el apartamento de ella donde concluya la velada. En la puerta del boliche mira el reloj para una última pensada en su fantasma norteña: en este instante estarán debatiendo la última bofetada de esta última gran crisis, piensa. El falso olimpo de los dioses del norte, amnésicos de sus recurrentes grandes crisis, prepotentes de pura debilidad.

La conversación se mezcla con whisky, falopa y caricias. Besos de galernas furiosas. Cada vez menos palabras. No les importa la belleza de sus cuerpos, no necesitan excitarse con las proporciones exactas. Ambos aman a otro cuerpo y se entreveran para no descubrirse en el propio. Y se aman con frenesí y sin sentidos. Son honestos. Tras los orgasmos, palabras, más palabras. Cada uno explica la historia del cuerpo no presente. Y hay ternura como en todos los relatos presidiarios. La verdad debe ser tierna, amable, comprensiva. Es justo en ese momento que ella y él se observan por primera vez sin nombres.

Se marcha sin intercambiar esperanzas. Los escritos sinceros no admiten sagas. Ha amanecido y la ciudad ha arrancado la vida sin contar con la suya. Entre los arboles de la calle Andes descubre que justo en 18 de Julio, allá al fondo, están las oficinas de una compañía aérea. Llega justo cuando abren. Al mediodía sale un avión para el norte. Le da tiempo para armar un bolso y pedir sin explicar que un amigo se haga cargo del resto. Ni la ducha prolongada le cambia la decisión.

Vuela toda la noche al norte. No espera nada. El avión esta lleno de vidas con objetivos. Los observa mientras duermen. Son otros, diferentes a los de su barrio, a los de la rambla, a los que un día dejó en el sur y el norte. O son un poco de todos ellos.

Llueve en el norte. Al salir de la terminal del aeropuerto por primera vez duda un instante. Solo un instante. En el taxi ve un mundo conocido por el que parece no haber pasado el tiempo.

Toca el timbre de la casa. Es temprano y sabe que aún duerme. Insiste y al final escucha su nombre con sorpresa. En ese momento se da cuenta que no tiene una explicación para su presencia y solo balbucea: “dicen que la intuición es la experiencia de los sentidos, Flaca. No sé, tuve la intuición que vos también tenías la intuición de mi regreso”. Pasan unos minutos en silencio: “es cierto, subí idiota”.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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