Desconfiar del relato

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“Te habrás equivocado. Los gurises ven cosas que no son. Y decir eso, es pecado. Andá a confesarte con el padre Domenico y sacáte esas cosas de la cabeza”, le rezongó fray Alejandro. Ventura, rechazando esas manos lechosas que lo sostenía por los hombros, manos flácidas, blanquecinas, asquerosas, regurgitó un liberador “te vas a la puta que te parió, Tano de mierda, yo no miento”, sabedor que hacía más daño recordándole a su vieja, protagonista de su relato de presentación social donde la mamma yacía colgada a la puerta de su casa por los nazis y que, hasta ese momento, la había imaginado como la representación de la vileza humana.  Bajó por Ibicuy puteando y lagrimeando la falsedad del cuentito religioso. A sus once años, pocas herramientas tenía a su alcance para gambetear la situación. Se sintió un gil de cuarta. Un abombado. Y lo guardó. Tenía verdaderas ganas de agarrarse a trompadas con cualquiera por cualquiera. En el almacén de la vieja de Susana tenían repartos para bajarle la bronca. Agarró las cajas de ravioles y se mandó un par de repartos. El último lo encontró en el conventillo Medio Mundo. Jorgito y su familia lo contuvieron un rato en su normalidad desechada por muchos. “¡Qué limpio va siempre!”, decía su vieja con ese tono caritativo que le hinchaba las bolas. Lo decía porque era negro. A los blancos se les suponía el jabón. A Jorgito, negro y en el conventillo, era un milagro. Durante un rato les dejaron tocar el tamboril. Corrigiéndolos. Tratándolos por igual. Hasta que doña Celia sacó los ravioles y Ventura recordó que tenía una casa donde no estar. El puto fray Alejandro ya era un olvido. Y por ahí, en su bote, despertó. Alguna vez soñaba la situación con el frailecito meciéndose colgado entre las risas de los nazis. Otras veces como visitante nocturno de su casa. Otras, cagándolo a trompadas por representante oficial de una mentira. Otras, ni lo incluía en el sueño. Sin embargo, el conventillo, Jorge y su familia, siempre han estado y no solo en sueños. Y Susana y el almacén de su vieja. Desconfiar del relato.

Ventura remó un rato fugándole a las orillas donde habitan los zombis de las creencias. Aún le queda un mediomundo en la mirada y el chas-chas de una cuerda de tamboriles para llegar, o no.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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