El timbre de la lavandería

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La lavandería era un cruce de caminos. Olores, acentos, tonalidades y miradas entre toneladas de ropa blanca un poco más allá de las afueras de Londres. Primero sucia, después limpia y al final planchada. Especialidad en restaurantes indios, paquistaníes e italianos. Entre medias, las conversaciones comunes de migrantes: la lejanía de los sentidos, la amabilidad o desprecio de la diaria con sus recetas para sobrellevarla y el intercambio de postalitas para acercamientos posibles y equilibrios de 8 de la mañana a 5 de la tarde. Un aprendizaje vital como el timbre que sonaba cuando aparecía el Home Office y nos escabullíamos por la puerta trasera a fumar uno o dos cigarrillos a orillas de un arroyo escondiendo nuestras sombras. Ellos lo sabían, rutina, nunca abrían esa puerta para encontrarnos. Pacto de necesidades. Lo mismo que los cleaners que iluminaban la noche de la City con sus escobas, franelas y fregonas aislados con sus walkmans de sonidos asiáticos, caribeños o africanos.

Pasada la habitual humillación de la frontera, donde los guardias poco letrados se mofan de nuestra supuesta mendicidad, Londres nos amanecía en un mundo dentro de otro, lleno de mestizaje en lugares comunes y olvidados guetos donde estar a resguardo. Guetos consolidados, de segundas y terceras generaciones.

En la lavandería, era 1986 y Margaret Thatcher despistada con su demencia no declarada, los veteranos migrantes tenían audiencia. Con o sin respeto, cuestión de cada oyente. Habían llegado en los 50´ y 60´ reclamados para reconstruir Britania (igual en Germania, en las Galias o en los Países Bajos).  Otros, en lejanas latitudes, hacían lo propio con su trabajo esclavo extrayendo minerales para el antiguo imperio amputado. Ellos, resignada la esperanza, sabían lo que era padecer las sociedades que por un lado les pagaba y por otro les marcaba los límites de compartir el espacio. Para muchos, nada nuevo porque ya en las colonias, sus casas, también ceder venía como condición de cuna, transmitido de generación a generación desde que los ecuestres hombres-latas, habían conquistado con sus palos de fuego.

Las modalidades de convivencia restringida eran variadas. Familias reunidas, separadas, familias reunidas y después separadas, descendencias de english spoken con sílabas revueltas, caminares percusionados, ligeros comos suras, repetitivos como mantras. En las afueras de la fantástica lavandería que no era laundrette y sí laundry, aquel 1986 londinense de cuatro millones de migrantes y 400 lenguas, recién se festejaba al primer concejal de council que era afrocaribeño. Treinta años de espera. Cosas que ocurren, no más. Gracias a estas personas se reconstruyeron casas, fabricas, infraestructuras y servicios. Con sus impuestos, se tomó el té, la ginebra y el whisqui, Isabel reinó (más de la cuenta), con su caricaturesca corte, los lores cazaron sus zorros y la industria vendió en la Commonwealth sus productos. Hasta los escarabajos cantaron. Mientras ellos y ellas, trabajaban. Y si hasta en la Conchinchina se estudió el milagro europeo gracias a un plan, vaya plan, el Marshall, nadie habló, y menos estudió, a la generación Windrush. Fueron muchas, tantas como años y países (impulsadas por los gobiernos que hoy, sus herederos, ponen cara de asco a la inmigración alentando los bajos instintos de la sociedad). Distintos acentos, las mismas manos.

Fue un 22 de junio de 1948 cuando atracó en Tilbury, el Empire Windrush. No llegaban a 500 personas que venían a reconstruir la Britania. Y lo hicieron a pesar de guantes blancos que se ponían las personas para no tocarlos, a los bares e iglesias que colgaban sus carteles de “white people only”. Lo hicieron bien, carajo. Sin ellos no habría “milagro”. Da igual la procedencia asiática, africana o caribeña. Lo hicieron. Y se sigue haciendo.

La mayoría no retornó. Estableció su vida en bucle: trabajo, casa y comunidad. De aquella extraña situación entre tolerancia y desprecio, entre comunidades culturales latentes o invisibles, británicos y europeos, rajado el telón de acero y abierta la habitación china, temieron por sus colores, por sus números y bienestar social, solo posible por la existencia de una mano de obra barata.

Desde hace unos años, cuando TheresaMay estaba a cargo del Ministerio del Interior, se implementó la política de “hostile enviroment” donde la delación al extranjero se premia. La generación Windrush comenzó a sufrir un hostigamiento del gobierno con deportaciones, tras cincuenta años, despidos en los trabajos y expulsiones de las casas que rentaban y del sistema de sanidad. Tenía que demostrar su britanidad. Algo complicado en un país donde no existe la cédula de identidad, donde los archivos se quemaron (vaya), donde el pasaporte solo es para vacaciones. En total, se calcula que ha afectado a 50.000 personas. Se dice pronto, se explica lento. Hay quienes han muerto por falta de atención médica (la media ronda los sesenta y pico de años) y quienes, ahora, viven en la calle por falta de casa y trabajo. Esa ola polar xenófoba que recorre el continente muerde las manos que le dieron de comer. Triste subgénero humano.

Y como en la vida todo son números, ahora Theresa, viendo las encuestas, pidió perdón por la política de “hostile enviroment”. El daño, aparte de estar hecho, ha calado en los desafortunados británicos egresados de un sistema educativo que los vuelve autistas en lo general y especialistas en lo particular. Los “0 Level”. Personas sin criterio, capaces de comprar la caza del diferente o el Brexit emocional. Mientras, en la lavandería, seguirán saliendo a fumar un cigarrillo, o dos, cuando suene el timbre.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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