¡Bacalao!

ba12

Ventura cree que es un pez más. Con las mismas probabilidades de pescar que ser pescado. Qué más da las tormentas, esas tremendas olas que algunos guardaran como el límite entre vida o muerte. Son. De cuando en vez, ocurre. Su bote se vuelve piel y más allá de subir y bajar durante horas, buenas para dormir, no pasa nada más. Ni odas ni novelas de caballería. Esos estúpidos en tiempos estúpidos. Se pasa y punto. Después los alicios dirán. Alguien siempre dice. Aunque en el bote, solo hablan él y los visitantes ocasionales que se caen a dar un vistazo para certificar que cada vez es una presa menos apetecible. Un músculo reseco. Un pellejo. Y ellos, escamas brillantes, unos petulantes y arrogantes peces que con un engaño caen en las redes. Giles. De cuarta, como lo fue Ventura durante años. Y antes de esos años de siesta acomadada e insoportable levedad, bueno, fue otra cosa. Remando, que es su forma de pagar su hipoteca cultural, se le mete en la cabeza el recuerdo de cuando una vez, cumplió dieciocho años. Fue una vez. Hay quienes los cumplen varias veces. Y no se hacen mayores. Les crece el pelo en las orejas y punto. Aquella aniversario la pasó todo el puto día trabajando. Limpiando las bodegas de aquella mierda rosácea que es la potasa y que después es jabón y la gilada se deleita restregándolo por su cuerpo en baños sentidos o pensados. Antes, eso, es una pasta que se mete por la nariz hasta los pulmones, irrita los ojos y se pega en la garganta. Te asfixia. Eso, no tiene un carajo de romanticismo. Y si le funciona a alguno, bueno, la profunda bodega para limpiar habrá valido la pena. No para Ventura. Y menos ese día que con las horas se había vuelto uno más, otro para el olvido. Uno más hasta que al final de la tarde alguien lo mentó y descubrió que ya era mayor de edad. Diez horas trabajando para transitar esa frontera. Así que lo comentó. Pensó que había suficiente Johnnie en su camarote para que, al final, por lo menos podría derrotarse con sus compañeros en revoluciones y sueños de futuros imposibles a los cuales, igualmente, brindar. Y dicho, siguió trabajando. En las oficinas del mundo a nadie le importa que un botija cumpla dieciocho años si no ha terminado de limpiar cuatro bodegas de potasa. Era Lisboa, que bien vale un polvo. Muchos más que uno. Limpias, impolutas, listas para ser llenadas, se cerraron. Ventura miró al muelle oxidado, justo delante de Santa Apolonia y supo que era un cumpleaños no imaginado. Estaban todos en la proa, fumando, desatascando tanta mierda en el cuerpo. Quizás, pensó, una visita al Barrio Alto. En ese momento, alguien gritó: ¡bacalao! El resto, fue un feliz cumpleaños.

Te pesco o me pescas, le dijo Ventura a la mar.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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