Incomunicados

Hacker3

Hoy he tenido la estupenda sensación de vivir antes del neolítico (esas pérfidas personas que asentaron sus vidas y las llenaron de reglas y trampas, de reglas anti trampas y de trampas para reglas anti trampas. Aburridas con su propio paisaje, en definitiva). Durante segundos eternos, busqué y rebusqué la tecla numeral, la de hashtag. La encontré, obvio. Sin embargo, deduje lo poco que esa tecla, para muchos cuasi mágica porque han comprado que conecta con despistados que de refilón les puede interesar la publicación, está presente en mi vida. En estos casos de desfase tecnológico, acude desde mi memoria las palabras de un catedrático de facultad (U. Complutense) troglodita que citaba a las personas adultas mayores (en rioplatense, viejas), como seres “handicapados ante la tecnología” (lo que nos confirma que catedráticos acomodados y faltos de rigor han existido desde hace mucho y no es un fenómeno reciente en este asunto “de las fuentes”). Dándome una chance, creo que hay una gran mayoría, en franco retroceso, que voluntariamente hacemos caso omiso a las premisas conductistas (y, sobre todo, reduccionistas), sobre las claves, en forma de tecla, para sentir plenamente o deprimirse de por vida. Somos simples seres humanos en constante cortocircuito, de moneda al aire, de prueba error y olvido para repetir y acordarnos después que no debíamos. Y si ya nos cuesta con nuestros pequeños universos, para qué intentar abarcar nuestros quilombos mentales transformándolos en un producto compartible. Digo, está bien en la mercadotecnia, mejor cuando nos enfrentamos al charlatán en una esquina o en el bondi que te vende a ti y a la persona de al lado, y a la otra, y a la otra, porque es un milagro que pele papás, corte tomates, raye zanahorias, le quite bichos a la lechuga, ejerza de destornillador, de llave y hasta abra las latas de sardinas. Un hashtag sin tecla (ya la inventarán). Somos de las personas que nunca entendimos por qué se agregaron letras a los números en el teléfono (“hola, estoy hablando con el 346 de South Woodford”, no lo decía nadie, más bien el “hola, Flaca, me sé tú número de memoria”). Eso del hashtag, del querer abarcar espacios que nunca se andarán y llegar a personas que nunca se olerán es un onanismo trunco, fallido, lamentable. Trascender como estatuas subleva a los muertos. Ser producto, debería producir lo mismo a los vivos. ¿En verdad alguien cree que otra persona en su virtualidad (sí sirve para algo), va encontrar el nexo a través de un hashtag? Y si lo encontrase, lo publicado tan solo sería un “meme”, esa fracción cultural compartida que un día en 1976 se inventó Richard Dawkins para diferenciar la transmisión cultural, “ese algo imitado”, que dirían los griegos. Hoy, bueno, transcendió como broma en las redes. Así pues, ahora (no volveré a buscar la tecla numeral aunque ya sé que anda pulsando el 3 con el control alt), debería poner cosas como: odiointernetdiarreico, viejo, handicapado, coruña, montevideo, ciudadabierta, felicidad, feliz, lucha… (¡qué mal mi creatividad desentrenada!), para concluir este vuelapluma. Y llegar a quién no quiero llegar. Bien pensado, lo más práctico es tatuarnos un QR en la cabeza para que al cruzarnos con alguien, acceda a nuestro prontuario. Hashtag y QR. Perfecto. De hablar, ni en pedo; mejor, incomunicados. Qué los hackeen bonito…

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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