Verás que todo es mentira

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Si no fuese porque nos desayunamos con los “misiles bonitos, buenos e inteligentes” cayendo sobre Damasco, preludio de otras sesiones que vendrán y que ya tienen su seña visual con las imágenes de una coreografía aérea nocturna (las guerras cuentan con su iconografía propia que guardamos en nuestras retinas), la semana venía como una fiesta jolgorio berlangiana de mentiras, medias verdades, exageraciones y otras gaitas de esas que estimulan a más de uno para decir que tiene un primo en Alemania y eso, allá, no pasa. Bueno, en todos lados cuecen habas.

Puestos en ridículo a muchos de los personajes que a diario abren las tapas de los medios (y que legitiman el esperpento de quienes empiezan en un Gran Hermano y terminan como politólogos de los platós de televisión), y sabedores que este estriptis durará el tiempo justo para que otra actualidad lo lleve al limbo del olvido, es conmovedor la sorpresa de muchos ante una realidad existente en el ADN de las universidades. Cierto, se ha perfeccionado y ampliado (como tantos otros hábitos de una sociedad que exige más consumidores de cualquier cosa). Las tesis doctorales escritas por esclavos universitarios, las carreras exprés, las titulaciones de cualquier grado prepagas y las ansias de ganar dinero de los profesores y catedráticos formando lobby con el alumnado se practican desde hace décadas. Después llegaron los másteres que lo arrasaron todo (hasta las organizaciones sociales, de cooperación, se nutren de MBA para enseñarles a los pueblos originarios cómo explotar con más rendimiento la selva).

No son importantes los personajes que han falseado su currículum vitae. Nunca lo fueron. O, por lo menos, para gastar una noche de tragos con sus visiones del mundo. Sí, en cambio, el modelo. En el café para todos que aún está servido (después de desgarrarse las vestiduras se han vuelto a coser y todo sigue igual), las universidades son unos granos más del salpullido de multiplicidades innecesarias de la infraestructura pro electoral. Son mediocres en forma y fondo. De sus resultados solo se vende el número de titulaciones. Y de éstos, bueno, se llega al eslogan reiterativo y manoseado de “la generación mejor preparada”, tan inquietante como contradictorio por los resultados.

La cuestión es que tantas ronchas universitarias depende de la financiación para subsistir entre ellas. Y esta viene de las administraciones. Y es bien sabido que la política, en estas democracias imperfectas, se nutre de los menos aptos, los destinados a profesionalizar sus vidas en una yincana de cargos. La tentación llama a sus puertas. Enfrentados a sus currículums es fácil ceder a la seducción de engordarlos y justificar que son lo que no son. Hasta casi son una reivindicación a las generalidades que se aplican en América con las denominaciones de doctores o licenciados. ¿Pero de qué? Bueno, en el reino y otras repúblicas, tampoco es relevante.

En fin, difícilmente nos derrotaremos con esta personas y lo importante es no perder la perspectiva discepoliana y saber que: “verás que todo es mentira…”

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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