La lluvia

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Ventura amanece con el cielo dividido.  Por su banda de babor los grises se intensifican con la profundidad del horizonte. Por estribor el cielo, todavía azul claro, tiene estrías blancas, algunas sucias, otras amarillentas. Justo a su proa, ambas visiones se entrelazan como dedos que necesitan sentirse para saberse partes del cuerpo. Ventura ríe con los huecos que el sol gana a las nubes emulando un recorte de luz escénica por donde muchos sueñan que se descuelgan seres asexuados, habitantes de un éter ilocalizable. Las bandas no avanzan, juegan a resituar sus nubes, batallas de juventud y antidisturbios, demostración de poder de la naturaleza. Mirar el horizonte es una obsesión de navegantes. Predecirlo, anticipar los hechos, leerlo. El viejo Itzen, el papá de su abuela, murió por ver la lluvia. Ocurrió cuando siglo XX aún tenía vitola de vino joven. En Bergen, paritorio, nostalgia y al final, tumba. Un nombre de lugar en un pasaporte que siempre soñó conocer y disfrutar y que nunca tuvo el tiempo de formar parte más que los primeros catorce años de su vida. Los congeló en la mente y reprodujo con creativa imaginación a quién quisiera escucharlo en otras latitudes. La mar seduce a muchos con sus cantos y leyendas. Los atrapa y al final, esclavos, los destroza.

El viejo Itzen, dobló el Cabo de Hornos para perderse en el Pacífico. Siete años duraba cada marea. Primero fue el Mar de la China, en una goleta holandesa que conectaba el continente con las diferentes islas hasta llegar a Indonesia. Una goleta de cabotaje donde se hizo un hueco en el escalafón hasta llegar a capitanear “La Mariana”, tras veinte años de singladuras. En esa época se conocieron Annita e Itzen. Ventura se pregunta si se amaron o si fue esa fatal inercia de los pueblos ribereños, ese rol maldito que los condenó a no vivirse. Se habrán sentido, deseado en la memoria, esperado con ansiedad en sus tabulados reencuentros o por el contrario habrían aguantado la respiración para no oler sus desconocidos cuerpos, se cuestionaba Ventura también para darle algo de lógica a sus ciclotímicos impulsos. “Es espantoso cumplir y saberse cumplimentado cuando los cuerpos solo producen silencios. Una de las tantas demostraciones de prostitución ofertadas por las creencias que definen lo correcto de lo contrario, el bien del mal”. Los cuentos de la abuela hablaban de corrección, de un frío respeto, de un cariño interrumpido con cada marcha y de la normalidad de la ausencia. Un espectro intermitente, el perfecto secundario con el foco apagado.

Los siguientes veintitantos años de su vida los gasto llevando mineros entre San Francisco y Alaska y devolviendo fracasos y alguna fortuna. Las fiebres de antes y las burbujas de ahora son emociones intensas, irrefrenables, desesperadas y, sobre todo, muy contagiosas. La ruta fraguó una rutina, compró un ranchito en Pasadena y un ataúd. Dejó de regresar a Bergen hasta que el mar lo dejó en tierra y como los peces oceánicos que vuelven a los paritorios fluviales, retornó. El viejo Itzen y su ataúd. Annita lo recibió con lástima. Superadas sus miles de noches abrazada a una almohada inquiriendo los motivos de aquella errada decisión que la había condenado a la soledad de la carne, le dejó meter su cajón bajo la cama.  Convivieron dos años entre silencios prolongados llenos vergüenzas y presentaciones. Ambos eran maquinarias con engranajes herrumbrados que debían lijar. Annita con los recuerdos de sus hijos que un viento polar los había arrastrado a un sur tan remoto como su norte y el viejo Itzen con sus rumbos navegados. Como en una guardia, él salía cada mañana para sentarse en una roca y divisar el horizonte y ella acomodaba la casa esperando a los sonidos de los ausentes que jamás volvería a escuchar.  Cada noche, el viejo Itzen regresaba, cenaban y Annita le sacaba de sus errores construidos en su cabeza o le describía anécdotas sobre sus hijos, los parecidos, las travesuras, las explicaciones que ella había enfrentado y la leía las cartas recibidas. Esa supuesta normalidad sobre las lejanías es una falsedad erigida. Así, con el transcurrir del tiempo fueron quitándose las vergüenzas de ser acompañadas. Las miradas furtivas dejaron de serlo. Y hasta aprendieron a reír y llorar juntos. Una tarde, el viejo Itzen observaba el horizonte como era su costumbre cuando vio que se acercaba una tormenta con su cortina de lluvia. Apuró el paso para resguardarse en casa del aguacero. Durante el trayecto debió repasar que todo estaba bien trincado para pasar la tormenta. Al llegar a la casa, se sacó el abrigo, se sentó a la mesa y dijo: “Mujer, viene la lluvia”. Y se murió. Sacaron el ataúd de los bajos de la cama y Annita volvió a su rutina con otra voz ausente. La abuela de Ventura contaba la historia en los días de temporal de su sur, cuando sonaba la sirena del puerto. Era su forma de poner a salvo, bien trincados, a sus querencias.

Ventura miró al cielo. Los alisios otra vez le habían podido a las borrascas del norte. Quizás todavía estaba a tiempo de encajar en algún engranaje. Y tampoco pensaba escaparse de la lluvia.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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