La convicción de los lavacoches

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La historia comienza hace cuatro años en una estación de servicio de Brasilia. Se buscaba desmantelar una de las tantas redes de dolareiros que existen en la federación del orden y progreso. Los protagonistas habituales: político con cargo público, empresarios, tramoyistas financieros y algún paraíso fiscal. Debieron festejar la ocurrencia del investigador que nominó la pesquisa como “Lava Jato” (lavacoches). Los primeros tiempos de investigación y escuchas telefónicas (ese diabólico aparato que nos da placer y también condena), fue incrementando el número de personajes en escena e introdujo al personaje clave: un ex director de obras de Petrobras, Costas. La trama pasaba de ser la habitual a involucrar al Estado a través de la petrolera pública y la concesión de obras pactadas con las grandes empresas de obra civil. Tampoco inhabitual y menos patrimonio exclusivo de Brasil. Una lacra que está asociada, y aceptada mientras no se descubra in fraganti, a la mayoría de los Estados del mundo. Y si no, ¿por qué existen paraísos fiscales?

El Brasil democrático, el post dictadura, arrancó con el mayor presidente corrupto de su historia considerando la brevedad de su mandato y el monto apropiado. Fernando Collor de Melo. Condenado en un juicio político a 8 años de inhabilitación y absuelto en el judicial por considerar ilegal el método de obtención de pruebas. Vaya, un sistema garantista. Por cierto, a primeros de año se postuló como precandidato para las próximas elecciones de octubre. Otro dato, fue presidente en 1989 por escaso margen frente a: Lula. Fernando, Pedro (su hermano y principal narrador del sistema de corrupción) y Farias, el cerebro, instalaron en la sociedad el sentimiento que, en democracia, la corrupción era un peaje y las distancias en Brasil son muy grandes, muy caras.

La elección y reelección de Dilma Rousseff, conllevaba la tercera y cuarta legislaturas del PT en el poder. No es un dato menor si hablamos en un contexto regional de gobiernos progresistas, también, con varias legislaturas en sus mochilas. Mientras los commodities estuvieron al alza en los mercados, había poco margen para un cambio político y, además, lo hacían bien en lo económico. Nunca la derecha obtuvo tantos beneficios. Y sacar a 36 millones de personas de la pobreza hasta beneficiaba a la derecha empresarial y financiera con millones de nuevos consumidores.

La inequidad de siglos no se revierte en diez, quince o veinte años. Los planes sociales, educativos y sanitarios demandan cantidades ingentes de dinero. No son ajustes. Hay que crearlos. Y hacerlos sostenibles. Hay que probar, errar, modificar, volver a implementar. Porque hablamos de la dignidad de las personas. Hablamos de hacerlos participes de la sociedad donde viven en igualdad de derechos, libertades y obligaciones. Y, puestos en el nuevo escenario global, menos pujante China y los BRICS, ganar menos no es una opción para los neoliberales. Mal exterior, está el interior. Y en este, siempre con los avales de BM y FMI, la prioridad es volver a las políticas de reducción de déficit, abaratamiento del coste laboral y subida de impuestos. Es decir, a la ortodoxia neoliberal.

Tanto Brasil como en el resto de países de la región, prioridad número uno: derrocar o desalojar a los gobiernos progresistas. La metodología no importa. Los actores implicados: poder financiero, las grandes empresas que dominan los commodities y la industria, las corporaciones de comunicación y poder judicial. Las fuerzas armadas como garantes latentes. Sin olvidar que los escenarios son posibles porque revertir una cultura inoculada del despojo contamina a demasiadas personas. Incluido al PT.

La opinión pública se fue formando básicamente a través de O Globo, el primer grupo de comunicación en todos sus formatos posibles, incluidas las producciones de ficción, de gran impacto porque contextualizan la explicación y descripción de fictos cotidianos. Y fue (y es), una guerra intensa porque debían evaluar el impacto de las redes sociales, su posible independencia que, a la postre, se ha mostrado irreal. La construcción de una opinión que, además, Lava Jato alimentaba con sus casi 100 procesados.

Por otro lado, el poder judicial optó por una estrategia que es perversa en sí misma cuando es columna vertebral y no apoyo de una instrucción: premiar la delación. Así, lo que vulgar mente se denomina, “tirar de la manta” o “prender el ventilador”, tiende, según se avanza en la jerarquía del investigado. Y se llegó a los grandes como Obrerecht o Camargo Corrêa y, éstos, solo podían apuntar más arriba (véase Lula o el extesorero del PT, João Vaccari o antiguos directores de Petrobras y puestos, mandatarios y ministros de otros países como Perú).

La oportunidad del Lava Jato fue decisiva. Había que buscar un juez a 1.400 km y un motivo para tal distancia. Fue una investigación al exdiputado José Janene, muerto en 2010, con negocios en Curitiba. Ahí, entra el juez Moro, quién inaugura, inédito en Brasil, los acuerdos con investigados a cambio de reducir condena o levantar cargos.

La primera fase de la Operación Lavacoches hecha en Brasilia, se cierra con 81 detenidos y 28 condenas a prisión. La segunda, ya en Curitiba, alcanza a los 179 imputados. En cifras: el dinero desviado oscilaba entre 1% y 3% del valor de los contratos con Petrobras que iba a compañías de fachada que los disfrazaban como pagos por consultorías. Estas cantidades pasaban por lo doleiros (origen de la investigación inicial y delatores primigenios) antes de llegar a los destinatarios y bancos, principalmente, suizos. El escándalo nunca paró de expandirse, alimentado por un total de 49 acuerdos de colaboración que permitieron recuperar casi la mitad de los US$1.770 millones pagados en sobornos, según los fiscales.

Se puede decir que, crear un estado de opinión, resulta fácil y embarrar la cancha borra la numeración de los jugadores. Así asistimos al golpe de estado contra Dilma y muchos, estupefactos ante la muestra de diputados y senadores sin careta, como energúmenos, desde golpistas hasta pastores. Y no se juzgaba a Dilma por corrupción. Siguiente paso, Lula que se presuponía herido tras el cáncer y la muerte de su esposa y la lamentable e ilegal publicidad de las conversaciones grabadas a Lula en la investigación. Una reprimenda de un ministro del Tribunal Supremo Federal y continuo el espectáculo.

El resurgir de Lula como precandidato a las generales de octubre y las incontestables encuestas que lo sitúan como claro ganador, en primera o segunda vuelta, activó el último resorte de la estrategia del establishment neoliberal: la justicia. Qué un juez de primera instancia actúe como gatillo fácil de la justicia entra dentro de lo previsible. O el papel siempre cuestionado de las fiscalías en cualquier parte del mundo que no se sabe si son un brazo del poder político o independientes. Sin embargo, en la imputación de Lula falta el crimen. Y con ello las pruebas. Es decir, es un caso posible de revertir si nos llamamos a derecho. Vale la pena reproducir una parte del interrogatorio del juez a Moro a Lula donde le pide, ante la falta de pruebas sobre el supuesto triplex como pago de soborno, que se auto inculpe:

¿El departamento es suyo? No. ¿Seguro? Seguro. ¿Ni un poquito? No. ¿Niega que es suyo? Lo niego. ¿Cuándo lo compró? Nunca. ¿Cuánto le costó? Nada. ¿Desde cuándo lo tiene? Desde nunca. ¿O sea que no es suyo? No. ¿Está seguro? Lo estoy. ¿Por qué eligió ese departamento y no otro? No lo elegí. ¿Lo eligió su mujer? No. ¿Entonces por qué lo compró? No lo compré. Se lo regalaron. No. ¿Y cómo lo consiguió? No es mío. ¿Niega que sea suyo? Ya se lo dije. ¿Lo niega? Lo niego. Señor juez, ¿usted tiene alguna prueba de que el departamento sea mío, de que yo haya vivido ahí, de que haya pasado ahí alguna noche, de que mi familia se haya mudado? ¿Tiene algún contrato, una firma mía, un recibo, una transferencia bancaria, algo? No, por eso le pregunto.

De los sucesivos hábeas corpus presentado por la defensa de Lula, llegamos al, hasta ahora, definitivo del pasado 4 de abril donde por un voto se le denegó el mismo con carácter preventivo (hoy mismo, Lula, deberá entregarse a la Policía Federal porque el juez Moro optó por la modalidad exprés). Y llama poderosamente la atención la argumentación del voto, sobre todo la posición de jueza del Supremo, Rosa Weber y su convicción de culpabilidad ya que, en rigor, faltan las pruebas. Hablar de “literatura judicial” suena a desvarío. Pueden la fiscalía y la defensa, podemos nosotros en nuestras conversaciones de café, sostener una convicción que, en algunos casos, es casi una creencia, una fe ciega en algo de lo que se carece de pruebas y ni tan siquiera de indicios. Una jueza, no. Por convicción, la historia de la humanidad está llena de atrocidades, linchamientos reales o virtuales y olvidos.

La convicción de los lavacoches, de ese mundo de doleiros, paraísos fiscales, contratos amañados, políticos y empresarios es una realidad que afecta a muchos, pero no a todos. Sin embargo, puesta la maquinaria en funcionamiento, activados los resortes emocionales de las personas, la postverdad, resulta inevitable hasta para los jueces que, son el último eslabón para dirimir los derechos individuales. Los neoliberales brasileros (ocurre en más países), han llevado al extremo la mentira o medias verdades, los fake news que existen desde la génesis del periodismo y ahora presente en las redes sociales.

Es una ilusión creer que Lula saldría bien parado, sobre todo, porque descabezado el PT, no se vislumbra otro candidato posible que, en el Brasil actual, pasa también por saber hacer frente al poder que gobierna desde San Pablo o Río de Janeiro y que no es otro que el financiero y mediático. Y es que, lamentablemente, la tradición de siglos es la inequidad y la esclavitud y en ese escenario, el neoliberalismo se siente cómodo. El dinero es la dictadura de las democracias y las riquezas de Brasil una tentación.

Ahora entramos en la incertidumbre, en el seguro retroceso, en la vuelta a la pobreza (ya es un hecho) de los 36 millones de personas que habían salido con los gobiernos del PT. Una convicción: la tragedia del pueblo brasilero recién empieza, aunque su prólogo fuese una estación de servicio de Brasilia, sin lavacoches, por cierto.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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