La vanidad del tiburón

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“Hace mil años, en Punta del Diablo, mi cuñado René me mostró una imagen que nunca he borrado: la felicidad. Una instantánea sin el velo de la vanidad. La felicidad le rascaba la cabeza a un tipo que desde hacía un buen rato había colgado su pesca frente a él, abierto una botella de whisky, que ya estaba menguando a paso firme, y se había sentado ajeno al mundo para disfrutar de lo que hasta ese día era un imposible: un tiburón. Estuvimos un buen rato chupando nosotros también porque esa felicidad es compartible sin presentaciones. Y sin palabras. Era suya, plenamente. El momento también suyo. No sé qué es lo que piensa un pescador de orilla mientras espera. Qué maldita deuda pendiente consigo mismo lo lleva a estar horas mirando el extremo de un sedal. O si realmente le importa. Capaz que es un refugio contra nosotros, su entorno. Quizás es la prolongación del ocultamiento infantil del mundo, cuando con las manos se tapa la cara y proclama: no estoy. Qué más da. Pescar un tiburón es tarea ímproba. Qué digo, titánica. Y plausible que mentalmente se tapase su cara al mundo para sumergirse en su yo feliz”, recordó Ventura.  Mientras tanto, el tiburón, cabeza abajo y convertido en objeto de felicidad para quién había nacido como tan sólo un posible suculento almuerzo, era apenas un pescado grande. Inmenso. Pescado, al fin y al cabo. Su triangular cartílago asomando sobre las aguas, que tanto temor producía con solo imaginarlo, ni para sopa se utilizaría. Su poderosa boca dentada en exceso,  su piel de lija, su olfato marino y su mirada amenazadora, habían sucumbido a un miserable anzuelo lleno de cintas de colores bailadoras que un maldito pescador lanzó en busca de un pez más inofensivo que él. ¿Aunque se puede ser más estúpido?, debió pensar cuando se le clavó en el paladar y empezó a cansarse con el tironear y dejarse ir. ¿Quién me mando dejar al cardumen de pececillos funcionarios? Esos que se juntan para parecer que son más y más grandes. Esos que acercándome giran y giran todos a la vez, incapaces de decidir. Esos, mi público y mi alimento. Basta con verme, con abrir mis fauces de escualo ilustrado por cuna y mares para hacer de ellos una forma cambiante que hasta el final aplauden por miedo. Y lo sabía. Pero me pudo la vanidad de mostrar mi aleta para escuchar los avisos y ver a todo el mundo chapotear mientras corren a resguardarse en tierra firme. Ay mi vanidad, solo me ha servido para convertirme en un objeto de felicidad de un tipo que nunca pensó en verme cabeza abajo, colgado por un gancho.

Ventura remó un rato recordando a unos cuantos tiburones que el tiempo los había situado frente a él condenados por su vanidad, confundiendo a personas de cardúmenes humanos. Recitó nombres y recordó como sabían aquellos whiskies fumados imaginándolos, al final, colgados cabeza abajo. Y esbozó una sonrisa de maldad, que la felicidad muchas veces la contiene, en el medio del océano. Fiel a la cita diaria, el tiburón errante se acercó al bote a echar un vistazo y Ventura repitió el relato de Punta del Diablo hasta que la aleta desapareció. ¡Salú!, le gritó, “vos y yo no necesitamos de la felicidad pescándonos”. Y siguió remando como un bandoneón…

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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