La primera cita

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Ventura avistó un trozo de diario aproximándose al bote. Era como una red de deriva que el homo estúpido ideó para pescar indiscriminadamente al azar de los vientos y las corrientes, depredando con la atenuante de un encuentro fortuito. La tapa y la contratapa flotaban flexionándose con el movimiento del mar.

Mucho antes de su naufragio, cuando las orillas eran invitaciones a marchar, Ventura inició el camino de desaprender a leer. No a escribir, aunque fuese incapaz de leer lo escrito. Y era mucho. Los papelitos de sus bolsillos, la casilla de correos de envíos, las carpetas de documentos, las libretas apiladas o esparcidas por sus ocasionales casas, estaban llenas de textos para destinatarios que solo él conocía. Una escritura automática de Lebrero, ajena y contaminada por lo cotidiano. Muchos comienzos inconclusos. Tantas palabras taponaron sus arterías y nunca tuvo plata ni tiempo para hacerse el bypass que las personas acometen para celebrar sus nuevos estadios vitales, esos de “ahora lo comprendo” o los de “ya reaprendí a ser, a entender”. Así, se fueron agolpando, coagulándose hasta convertirse en una masa espesa, en un entrevero donde buscarle sentido resultaba imposible. Debatió sobre el sentido y la necesidad de recibir más información, so pena de no entenderla, o liberarse de lo que resultaba un disco rayado. Liberado, desaprendió a leer. Igual, cualquier objeto procedente de atrás del horizonte, donde se suponía que era el final del precipicio de la sociedad que habita en las alturas, le resultaba agradable y lo festejaba, aunque solo fuese con el tacto de sus dedos.

El diario, bien lavado por el tiempo flotando a la deriva, carecía de la prestancia de un formato sábana. Cosas de las tendencias, de las rotativas, de las tecnologías y los tecnócratas que hoy mandan en las editoras. Tantos años descubriendo los secretos de doblarlo y doblarlo hasta dejarlo en cuartos de página, lejos de haber sido una enseñanza inútil de su viejo, le mostró que cada noticia merecía un contexto para su lectura, que eran redactor y lector quienes finalmente maquetaban la noticia a descubrir.

En cuarto página se leía una columna habitual, la crónica de una velada de boxeo o las de Racing, si no jugaba con Peñarol o Nacional que entonces pasaba a toda plana y los policiales de medio pelo que, a la postre, son los que marcan el pulso de la ciudad, la diaria. Los periodistas sabían que estaban destinados a ser enmarcados en ese tamaño de lectura y en sus máquinas acometían el texto con la densidad y calidad de los caracteres necesarios para la agilidad. Pocas o ninguna floritura. También, en cuartos, se leían los clasificados y las necrológicas, esa rara costumbre que adquieren muchas personas con la edad para certificar el “no somos nadie”. Verlos a toda página se atragantaba a más de uno.

En cuartos de páginas hay principio de lectura en movimiento, de premura y, en muchos casos, de intimidad, o así lo asoció Ventura desde chico. Un café a la espera, el ómnibus camino a algún lado, la parada recostado contra la pared o la cena de conversaciones cruzadas con el vespertino como escudo (viejos vespertinos, los diarios de la noche, que ya nunca volverán con sus aromas de tinta impregnando la cena).

A media página, solo con una doblez, que era la forma como los canillitas y quiosqueros vendían la prensa, la noticia política o la crónica de cabecera con títulos a toda página y foto prevalecía, salvo algún policial de infrecuente. Los habitas de la media página eran desde en casa por la mañana tomando mate, el boliche antes de comenzar el copetín o haciendo cebo en el trabajo (fácil de esconder para no ser detectado). A toda página, en cambio, era un simple vistazo, dos o tres palabras para anunciar lo gordo informativamente del día que las radios ya habían adelantado y la televisión puesto en imágenes. Un juego de ingenio semántico para atraer y ya está. Ventura, en aquellos tiempos, solo la desplegaba sentado en el váter.

Izó su presa pensando que una vez seca sería un buen aislante para el frescor de las noches. “Se quedaban cortos en la facultad – clareó un comentario al aire -, un diario también sirve como aislante del frío en una moto o en un bote o en la calle, además de para envolver el pescado”. Pasó horas mirando como lentamente el sol hacía su trabajo de secante. No tenía otra cosa que hacer y ya había superado su carácter de soldadito que se autoimpone un trabajo como una guardia. Hasta en la más absoluta soledad, a muchas personas les cuesta desprenderse del deber y su cumplimiento. Se generan unas rutinas de obligado cumplimiento y se mantienen unas formas que, en el fondo, tan sólo es la esperanza en el subconsciente. El abandono y su libertad viene con el tiempo. Y no necesariamente la desesperanza. Es asumir la situación en positivo, sin el yugo de la educación que cada cultura impone para disciplinar a las personas. Ventura lo observaba sin tocarlo, disfrutándolo antes de tiempo con solo imaginar su textura sobre su panza.

Abierto sobre el banco de la proa, con la tapa y la contratapa frente a él, lo miraba como a un cuadro, buscando más allá de los trazos principales el mensaje oculto de quienes pintan con los pies calientes. A cada rato lo acariciaba con sus dedos para medir la humedad que aún restaba preso de cierta impaciencia. Y lo hacía siempre por su contratapa, por donde recordaba que empezaba su lectura cuando tuvo la capacidad de comprar sus propios diarios. Las tapas, pensaba, eran un reclamo vacío de contenidos mientras que la contra, tupidas de palabras, era donde habitaban las plumas que son escondidas por los editores y por, vaya uno a saber por qué, no podían renunciar. Los versos sueltos, irredentos, los relatos escritos entre vahos de experiencia, ironía y cinismo. Los absolutamente seductores. No como los periodistas que escriben en la doble de Opinión, bajo el ala de la línea editorial. No, los buenos están en las contratapas de los medios. La contra fue lo último que Ventura desaprendió como lectura. Pero lo hizo y ahora se limitaba a acariciar el papel prensa, la foto de la columnista y la otra nota, a tres columnas, que respiraban demasiados huecos a su entender. “Los tiempos, son los tiempos, seguro. Les dan espacio a los lectores compulsivos para que no se les traben los ojos y terminen como yo. Casi me da pena no saber leer. Se asombraría esa mujer de la foto sobre su columna que alguien en medio del océano esté leyendo su instante de locura escrita. Linda locura, creo. O rabiosa. O cínica. Su foto me inclina al cinismo. Me meo. Si lo supiese, alguien en un lugar de la tierra compra un diario que el viento arrastra al mar y este lo mantiene a flote buscando a su último lector. Y me agarra a mí, un náufrago que ya no puede leer. Tanto viaje para terminar con su cara sobre mi panza escuchando las historias y canciones que me mando antes de derrotarme al sueño. Tanto viaje para que su cara sea un abrigo nocturno.”

A la tapa no le da pelota. Grandes tipografías y una foto que estaba seguro nadie recordaría. Le hizo gracia una publicidad de estanterías metálicas a pie de página. Se preguntó quién compraría un periódico y de paso, unas estanterías. Muchas veces le habían explicado en vano la fórmula de los impactos publicitarios. Muchas veces que él despachaba rebajando el rigor de la misma, dudando de la exactitud de su formulación, haciendo bromas con los caos mentales que producían queriendo ser científicos de la comunicación. Una tapa aguanta cualquier cosa, solía pensar, hasta aquella única palabra recontra declinada que ocupaba tres líneas y le llevó dos cervezas tranquilas en Helsinki, cuando Finlandia todavía no era una marca. Así conoció a Ylva. ¿Qué será de la vida de Ylva?, pensó, ¿qué será de la vida de muchos otros con los que coincidí alguna vez? Intentó recordar algún detalle más de aquella mujer, más allá de su capacidad para decir en dos segundos aquel ilegible título de tapa. Y su traducción al español con acento brasilero. Fue una tarde estupenda que le fue fácil rememorar. Nublada, Finlandia; fría, Finlandia; lenta, Finlandia. Ylva había nacido en San Pablo y su piel mostraba la curtiembre paulista. Igualmente, Ventura nunca hubiese apostado que aquella mujer, de unos treinta y algo, enfundada en su campera de plumas, fuese casi una vecina. Era nórdica. Europea nórdica. Nariz chica, rubia, obvio, y ojos ligeramente rasgados, pero no tanto como las tribus de más al norte. Quizás por la ropa, más colorida, le habría quitado su extranjería. ¡Macanas!, solo a los yanquis se les reconoce por su particular ropaje ecléctico (que los más decididamente tachan de mal gusto). Ylva, como había tomado la iniciativa de salvar a Ventura en su trabalenguas de la tapa del diario, se auto invitó para compartir mesa. “¡Cómo carajo era el nombre del pueblo! Empezaba por pe: Perito, Petela, no Petelo, no, pe, pe…” se interrogó en voz alta Ventura. Ya me saldrá, concluyó, para evitar el bucle que con la edad entran las personas que se consideraban memoriosos y que ven como se les va yendo, reduciendo a una vocal, a una letra, a un sonido que tortura y tortura hasta que se da con el nombre después de horas o días.

Tras las presentaciones y sus preguntas de tanteo para corroborar que la intuición no les había fallado a la hora de elegirse como ocasionales compañeros de mesa, Ylva, amena e inteligente, conversadora sin límites temáticos, justo contra lo que Ventura no tenía antídoto, le narró la particular historia de sus antepasados que a finales de los años 20´ se embarcaron, con otro centenar de personas, en un viaje hacia Brasil para construir su utopía: una sociedad vegana. Ella sabía adornarla con detalles que no importa si eran inventados o mutados por el boca a boca del tiempo. Pinceladas justas para que el oyente recrease contextos, personas y entornos. Del mustio y congelado verde musgo del norte al sudoroso y titilante verde musgo del sur. De una sabiduría silvícola seria, heredada y experimentada a otra, llena de incógnitas, ignorante y apabullante. Y en el medio, seres atrapados por el entusiasmo y la ilusión de otra vida posible. Matices, tan sólo detalles, de quiénes tienen las puertas del mundo abiertas. Aunque era diseñadora industrial le venía de familia, metidos en el negocio de los medios de comunicación, contar relatos e historias. Las largas noches del norte también hacen escuela. En 1929, sus antepasados habían llegado al Brasil con la idea de fundar una sociedad libre de alimentos cárnicos y más estricta que solo comer verduras. Los había de muchas profesiones, aunque primaban los agricultores. Construir es un pacto de unos muchos y el centenar de fineses resultaba un número abultado en el mato atlántico brasilero. Dicen, decía Ylva, que el segundo de sus grandes motivos era escapar del previsible estallido de otra guerra mundial. A Ventura le pareció más plausible este segundo argumento, quizás, porque entraba en más en su radio de intereses conocidos y, de alguna manera profundizados, quizás, porque se reconocía poco más que un oyente iletrado en la cultura vegetariana y, más aun, en la vegana. Cuesta asumir que poco se ha inventado realmente en la conducta humana, que se patina sobre la misma mancha de aceite, aunque las formas sean diferentes. Además, el periodo de entreguerras, a su juicio, tuvo que ser cruento y miserable, depredador, mentiroso, de emociones a flor de piel, de revanchas guardadas, una máquina de convertir a las personas en víctimas de un modelo condenado a fracasar. Como el que viven los que están más allá del horizonte, sonrió por su lejanía. Los Hitler, Mussolini, Stalin, Churchill ya existen, o existían antes de mi naufragio, matizó, ahora. Los mares se llenan otra vez de carga humana que huye sin saber bien lo que les espera en las orillas donde arribaran.

Aquel proyecto de sociedad utópica duró 10 años, sobrepasados por la naturaleza propia y de la selva. Ylva, mirando al embarcadero frente a la terraza donde llenaban sus panzas con cerveza, parodió su sentencia: “Finlandia, ya lo ves, es un modelo no exportable a otras latitudes. Y los fineses, aunque simulen ser autómatas, puestos en otras condiciones ambientales, al final, son humanos y adquieren los comportamientos locales. Siempre con el toque finés -risas de ambos -. Por eso, tras la pelea con la naturaleza, los mosquitos y las relaciones con brasileros y otros migrantes, los abuelos desistieron y se marcharon a Sao Paulo. ¿Y adivina a qué? – al boleo Ventura le lanza un tópico absurdo: a poner una sauna-. Exacto – contesta Ylva -, una y muchas más saunas para deleite de paulistas. Y se hicieron de oro. Y de las saunas a un diario, después una radio, otra, otra, el periódico lo transformó en una editorial con revistas de deportes, moda, bueno, tuvo la oportunidad y la aprovechó”.

Ylva y Ventura se desnudaron de trozos vividos por cada uno con la certeza de que nunca más se cruzarían en una terraza de una cervecería. Linda mina, le vino a la boca, “¡qué gélida estaba la primavera allá al norte! ¡Mierda, Penedo es el nombre! Penedo, entre Río y San Pablo.” Y descansó aliviado de hacerle un corte de mangas al bucle del olvido.

Los ruidos en la panza le despertaron. Casi era noche. Miró a la puesta del sol por cábala. Nunca se sabe. La doble página del diario ya estaba seca, lista. Royó un trozo del pescado desecado que su impericia le obligaba a racionar y se reacomodó con la foto de la columnista del diario en su panza. Imaginó escuchar un texto descarnado y lleno de ironía que un día la columnista, de cínica mirada, escribió manoteando en su propio océano. Era una cita, la primera en demasiado tiempo.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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