Los canallas no mueren de vergüenza

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Está buena la frase. Podía ser un graffiti. Sabiduría anónima manuscrita. Es una adaptación, después incluyo la original, de Lacan, en 1970. Los canallas están por todas partes, nos los cruzamos a diario y hasta convivimos en un descuido. Intencionado o no. Sería fácil poner solo el foco en la dirigencia política o económica, ibuprofénica medida que nos calma y forma equipo. Con los primeros, una buena parte, existe un pacto donde unos mienten, otros los votan, luego se enriquecen, se les insulta y parece que no hay más remedio que volver a votarlos. Con los segundos, nos financian, nos ponen los servicios que supuestamente nos hacen la vida más cómoda y se acepta una pequeña y reiterada estafa, mensual.

Los canallas se hacen, no nacen. Los hay de todas las intensidades y edades, que no resulte cruel rescatar de la memoria a ese niño sibilino que siempre está detrás, nunca delante, de los hechos. Y con la edad, todo crece. Los hay de pelo largo y corto. Es igualitario en género, tendencia y tonalidad. También en rasgos e idiomas. De estudios primarios, secundarios y terciarios. Son canallas con vaselina o a pelo.

Su ideario, obtener el beneficio del otro. Son el yo sublimado: cosmético y veneno. Su medio: el dominio. Sus herramientas el maltrato y la explotación en todas sus manifestaciones, ya sea de género, infantil, animal, medioambiental. Por supuesto, económico. Y en estos días, un secreto que nadie quería prestar oídos, la cara oculta de algunas organizaciones no gubernamentales a los cuales se les cedió, subvencionando, por supuesto, el papel protagónico de la acción de emergencia sanitaria, la cooperación social.

“Conducta sexual inapropiada”, atemperan sus comunicados que admiten una situación conocida desde hace años. De algo sirven las facultades de Comunicación. Hay mucho dinero en juego. Así que no entraremos a juzgar cómo se reclutan a sus trabajadores. Y todo huele a ese tufillo de “mal de muchos”. Son canallas. Y lo son porque ellos representan la esperanza de millones de personas que, a falta de la solidaridad de los estados, ven llegar a estos trabajadores con sus limpios chalecos, sus llamativos logotipos e impecables camionetas como una única oportunidad de vida. Son los del primer mundo. Los buenos. Y en realidad hay un buen trabajo de muchos, aun a pesar que la mayoría lo utilicen para forjarse un currículum, su propia fuente de trabajo.

No pasará a mayores. Los tiempos informativos vendrán a echarles una mano. A lo sumo una ciclogénesis puntual. Lo saben bien quienes han hecho de la canallesca una forma de vida (y son una legión). Y volviendo a Lacan y su frase: “Es preciso decirlo, morir de vergüenza es un efecto que raramente se consigue.”

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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