La mar de Moebius

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Ventura izó su cuerpo en la proa del bote para expulsar la solitaria que le recorría bajo su piel. A falta de tocino para tajearse y engañarla en su voraz ruta, hizo lo que tantas veces le había resultado: gritar hasta la afonía al horizonte que le aparecía por la popa, dejando en primer plano los tres metros de lancha, su presente, y la mar, estúpidamente, calma navegada sin estelas. Una revancha. Una forma como otra cualquiera de poner fin a muchas horas remando absorto en vidas que ya no eran palpadas pero que aun, las pensaba. Como el nadador de fondo que entre brazada y brazada construye relatos breves para aliviar la resistencia del agua, entreteniendo el tiempo al que desprecia para no saberse imposible, Ventura había desarrollado la capacidad de hacerlo lo mismo entre palada y palada, ajeno al juicio crítico de su improvisada forma de remar. Y lo hacía durante horas, sus horas inventadas. Alguna vez intentó bogar durante la noche y terminaba distraído por la gráfica de bóveda. Y reía descubriéndose que ni el aislamiento lo alejada de la imagen, de esa construcción estética que entra por los ojos y se deconstruye en la mente para expresarla con los dedos en el aire. Hasta los presos en sus celdas de castigo, de paredes opacas, recrean imágenes transformadas por la mente de hermosa insensatez. Imposible encarcelar a la persona en cuerpo y mente. Lo saben y, o torturan la carne, o adormecen la mente. Por eso, las noches de Ventura eran gráficas, visuales, que lo adormecían sumido en el goce de crear sus propias constelaciones. Remar, no, eso era por el día. Sin mirar buscando un destino, a veces haciendo de barquero alemán de los siglo XIV en sus naves de los locos, a veces haciendo de improvisado tripulante de una improvisada tripulación de Shackleton que huye del hielo aprisionador, a veces de curioso y furioso maorí fascinado por el vacío oceánico al que intuye aguantador de prófugas islas, a veces como si él fuese el culpable de apretujar el espacio para convertirlo en una banda de Moebius que una y otra vez lo devolvía al mismo punto con miradas diferentes. El final siempre era un geiser de palabras acumuladas, liberadas al aire que lo separaba del horizonte. Unas veces su speech era de disculpas por haber naufragado, un m’aider encubierto en busca de un rescate, otras, sin embargo, tenían el gusto y la fuerza amarga de un mate matutino donde estar perdido era putear contra el ruido acusador de disidente, algunas, también, alucinógenos encuentros con sus querencias tatuadas, que de espaldas, vivían ajenos a sus gritos de estar vivo y, cómo no, unas veces lo malo era bueno, y al revés, lo bello se había se ajado, y rejuvenecido, el almizcle era salino, sabroso, intenso y al volver, un recuerdo de puerto, borracho, empecinado. Vacío, contemplaba el silencio de la mar océana. Su mar de Moebius.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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