Hablarle a la pared

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Medito seriamente un suicidio tecnológico: dejar el whatsapp. Me juega en contra. Creo que es el tono de mi escritura es disonante que hasta los te amo me salen oscos, rezongones. Sé que me rompen las pelotas los grupos que te meten sin pedir permiso y se ofenden cuando te vas, los de monosílabas respuestas y ese aviso; ese número que te recuerda que hay mensajes sin contenidos. Qué te avisan cuándo te leen. Y te impacientan cuándo no. Qué te vuelve público y les explica a quién quiera ver, “tu estado”. Estoy en bolas, en mi casa, rascándomelas, y tengo toda la casa revuelta. Ah no, eso no lo ponen. Podrían. Y también me hincha que me manden mensajes mientras camino. Está claro que la mensajería y yo no maridamos. Tampoco las redes pesca cardúmenes sociales.

Ese bocadillo verde con un tubo de teléfono blanco como anagrama, algo tan incomprensible para la mayoría de sus usuarios que desconocen qué por esa maravillosa pieza, primero de baquelita y después plástico, se intercambiaban deseos, amores, rumores y hasta broncas; qué cuando sonaba impostábamos nuestro “hola”, a veces sinuoso y seductor, a veces distraído y cotidiano, a veces grave y profundo. Por el teléfono entraban los jadeos distantes, los chistidos, el balbuceo de una verdad o la mentira, las pausas y los silencios. La república de la onomatopeya. Hasta colgar era un código descifrable. A cambio del lenguaje de los sentidos, la mensajería propone caritas pelotudas que nunca verás en la cama cuando la lejanía se vuelve intimidad.

Mauricio Rosencof, uno de los 9 rehenes de guerra tupamaros que en la dictadura uruguaya sufrieron 13 años de aislamiento, cuenta una anécdota luminosa: en los eternos días de soledad torturada, compartió charlas y ajedrez con Eleuterio Fernández Huidobro, “El Ñato”, que estaba, pared por medio, en la celda contigua. Habían reinventando el morse porque estaba prohibido hablar. Con golpecitos de sus nudillos contra la pared, conversaban de sus bueyes perdidos quebrando el aislamiento diseñado para torturar la mente, para hacerla funcionar como un tornillo sin fin hasta la locura. Ese repiqueteo de nudillos no era lonja de candombe y sí analgésico contra la soledad, qué duele mucho, mucho. Y tanta practica adquirieron que se animaban a jugar partidas de ajedrez memorizando las jugadas y las posiciones de las piezas. Un ajedrez virtual, se diría ahora. Pero la camaradería, la lucha conjunta y habérsela jugado en la calle, no implicaba que ambos desistiesen de ganar cada una de las partidas. Una cosa es la militancia y otra el ajedrez. Así que una vez la controversia se hizo presente y ambos, pared y morse de por medio, discutieron sobre la posición de las piezas en una jugada memorizada y aplazada. En sus trece, se enrocaban asegurando que su recuerdo era el correcto, que al otro le fallaba la memoria. Y subió el tono de los golpes, que no de la intensidad para mantener el secreto de su burlaban al aislamiento, hasta que Rosencof dio por zanjado el tema y en su morse exquisito de escritor y poeta le dijo: “¡basta!, contigo es cómo hablarle a la pared”. Después de un instante de silencio, escuchó una carcajada liberadora del Ñato. Y se hizo la vida a pesar del enterramiento. El sonido crea miradas que fluyen por las arterias de los sentidos. Calientes. Húmedas. Rugosas. Y seré yo, pero el whatsapp justamente mecaniza las relaciones y 30 años después, hacemos bandera de hablarle a la pared.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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