Aporofóbicos

cristian-newman-67308.jpg

En Pilar, el municipio que más countries, barrios privados, condominios de lujo o urbanizaciones, se diga cómo se diga, del conurbano de la capital argentina, distante 50 km del Obelisco de las postales, existen tres formas de transporte colectivo hacia el mismo: unas “van” (furgonetas), de entre 9 y 12 plazas con aire acondicionado y que pasan por las puertas de estas fortalezas residenciales (con cámaras, alambrado electrificado, perros adiestrados y vigilantes visibles e invisibles {existen garitas en las copas de árboles]) y su precio, supongamos es 10. La segunda opción es acercarse a la Autopista Panamericana (en colectivo o remise) y tomar el Expreso Pilar, casi siempre lleno, poco prolijo y peor mantenido. Su precio es la mitad, 5 pesos. La tercera opción es tomar el ferrocarril de cercanías, herencia de un modelo urbano fracasado y en el que se puede viajar cómodamente hasta el mismo centro capitalino. Su precio, 1,5 pesos (los datos no están actualizados con la inflación desbocada del modelo macrista, aunque la proporción se mantiene). En los tres casos, la duración del viaje es similar. En el primero, sus públicos son ejecutivos, profesionales y personas que van de compras o visitas. En el segundo, hay mestizaje pero todos con trabajos que pueden soportar que el transporte supere el 20% de su salario. En el tercero, se sube la población menos favorecida, la que está rebuscando su desocupación, la mano de obra barata y los informales que es un término aplicado a quienes trabajan formalmente al margen del sistema fiscal y de la seguridad social y que en Sudamérica es endémico y cuenta con la anuencia de los gobiernos neoliberales. La experiencia de optar por la tercera forma de desplazamiento cuando no se pertenece a los hashtags descritos, sorprende a quienes por cuestión de piel presienten, o lo dicen abiertamente, que son más, otra cosa, y es difícilmente entendible aunque los argumentos de precio y comodidad tengan sean irrefutables. ¿Por qué mezclarse con los pobres, con los “cabecitas negras”? ¿Por soportar sus conversaciones, aromas, presencias? Y nadie duda de la importancia cultural de Argentina, de esa atadura al diván para comprenderse a sí mismos. Sin embargo, las realidades se enquistan y digieren como un destino manifiesto.

En estos días, la Real Academia de la Lengua ha confirmado e incluido en el diccionario lo que el Manual de Español Urgente ya permitía: la aporofobia. Una noticia que no ha podido hacerse un hueco entre el oleaje de columnistas y editoriales que a diario vierten sus opiniones sobre la actualidad. No extraña, por doloroso que resulte, este paso de puntillas en la habitual e intangible percepción de la otredad cuando esta es desfavorecida. Sólo el folclore la redime. Los temas sociales de fondo son como las arrugas que llegan lenta e inexorablemente para quedarse. Desde que en el 2008 se oficializó que España vivía en una crisis desoladora los mecanismos de empobrecimiento que afectan a las personas han comenzado a actuar como lo hacen desde hace décadas en América. Lejos del cataclismo social que produjo el nuevo paradigma productivo derivado de la Revolución Industrial, donde se afianzó la lucha de clases con sus herramientas solidarias y autodefensa, hoy solo nos motiva lo noticiable que tenga envergadura de catástrofe y que, por supuesto, este en el llamado resto del mundo. Lo próximo parece como un imposible.

La pobreza y el empobrecimiento es una situación que en nada afecta a la identidad de las personas. Es más, puede ser un estado temporal reversible. Sin embargo, y a falta de la descripción que se publique, la aporofobia describe una actitud, que es estimable en número porque de no serlo sería un neologismo que siente una parte de la población y que se resume en el rechazo, aversión, repugnancia, temor y desprecio hacia el pobre. Cómo en el tren de Pilar. Y acá no existe el glamour conceptual de la posverdad, casi un analgésico para explicarnos por qué nos dejamos mentir con pequeñas verdades emocionales. Acá existe una triste realidad y que de una u otra forma se ha incorporado.

La crisis económica ha arrojado a mucha gente a la calle, a la emigración y también ha escondido a muchos más dentro de sus muros, aferrados a un mínimo vital. Lejos de darle al starter de los mecanismos de solidaridad, fundamentalmente los morales, se fue abriendo una falla silenciosa que ha reacomodado las relaciones entre las personas. En un mundo donde todo cuesta, donde el patrón es el dinero, las relaciones, sin perderse, se han ido congelando; ni unos pueden, ni otros soportan dejar de hacer cosas en su diaria por los Otros, por los que no pueden. Y en estos procesos de poderosas sinergias, iremos a más y peor, las ideologías se tornan secundarias. No existe un antónimo de aporofobia. No se ama al pobre o empobrecido. Es un incordio, un estorbo y se le resta capacidad para entender el mundo que se comparte. No entiende. Es un radical. Un resentido. Un extremista. Un criminal. Un pobre. Su opinión no cuenta porque no es capaz de discernir las claves sociales. Viaja en el ferrocarril de Pilar.

Y por supuesto, la aporofobia es tan sólo una invención de una catedrática valenciana que unas personas seniles le dieron validez. ¿Quién puede ser aporofóbico? ¿A quién le molesta la presencia de un pobre, de un vendedor callejero, de un rebuscador? ¿Quién no llama a esa persona que un día lo bajaron del tren? ¿Quién, quién, quién? Todos estamos a cinco minutos del contenedor. Y no dejaremos de ser personas. Sólo que pobres.

 

Fotografía: Cristian Newman

Anuncios

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s