La Loren

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Recién me vino a la cabeza Sophia Loren, el exuberante mito erótico de mi juventud. Con artículo y sin el nombre: La Loren. Integrándola en nuestro universo de barrio, en las conversaciones de los viejos cuando planificaban una salida liberadora al cine (cine + cena + amueblado). ¡Qué mujer! Ella y la Gardner, el barrio y la aristocracia (en sus versiones salvajes), las hermanas mayores admiradas cuando hacian los mandados en nuestras imaginarias pasarelas hormonadas y las tías lejanas que de cuando en vez nos visitaban con sus texturas de película. No quedaba otro remedio, las perseguíamos en los estivales días montevideanos con frenética fidelidad de un imposible. A una o a dos manos. Nada que ver con las rubias, siempre de peluquería o de marmórea fachada qué, igualmente, tenían sus defensores en la barra de la esquina de Lima e Inca. Los caras sucia de pelusa (acusados de untar sus caras con mierda de gallina y no como resultado de los años), nos pasaban el dato de las medidas mínimas necesarias para que aceptasen alguna de las cartas que estábamos dispuestos a escribirles (con nuestra foto de desvalidos guachos y algún poema romántico), desde un sitio tan lejano y desconocido como Uruguay. Los argentinos nos hacían sombra. Y los brasileros, bueno, tenían brasileras. Nosotros, una pelota de plástico que comprábamos entre todos después de revisar trajes y carteras en el ropero de casa, mucha conversación y las chiquilinas de la barra que eran muy lindas, pero, les faltaba ir para adelante como creíamos que iban nuestras ídolas.

Con la certeza de incumplir con los requisitos de La Loren, tras exhaustivas mediciones en posición de descanso y firmes, arranqué por la vuelta de meterme en trabajos y ambientes que desconocía. Me convertí en sapo de otro pozo. Y en esas ando, todavía. Callejeé con rumbo porque, aunque las personas suelen idealizar la deriva, todos escondemos una dirección en la cabeza. Probé la religión pero me echaron. En realidad, ni yo entendía su milonga ni ellos la mía. Estaba el asunto de jugar al fútbol en el cuadro de la iglesia para lo que, obviamente, había que tragar hostias. Una temporada pero, digamos, rescindimos el contrato ambas partes. Y una lástima, era un buen cinco. Duro, grande, intimidador. También habría podido ser un tres. Después probé en las resistentes autarquías de una Europa fría. No querés religión, tomá dos platos. Terrible. Igualmente la sobrellevé a ponchazos. No entendía un sorete sus costumbres. Y me largué. Fui entrelazando trabajos donde siempre era el gil que no sabía la naturaleza de las cosas y tenía que ganarse el puesto, el derecho de piso. La verdad, soy un inútil para todo lo que implica las manualidades. Eso lo acepté justo después de fundir un televisor en casa allá por mis 16 años. Soy ese tipo que abre el capó del auto y aun sabiendo los nombres, lo cierra y llama al socorro automovilístico. Digo, cambio ruedas. Me engraso. Porque eso sí, me enchastro sin remordimientos. Soy bueno para los trabajos brutos y simples como descargar camiones. Ahora eso de arreglar un enchufe, ponerle clavos derechos a las malditas paredes, o meterle cinta americana al cable pelado, no. Sin embargo, en mi descargo, acudo a los profesionales y no les rompo las pelotas con mis ideaciones sobre su trabajo. Y hasta escribiendo, trabajo que hago como mercenario por mis continuos cambios de orillas y que un día creí posible, plausible y apto, tengo que oír a cualquier pelotudo que me apunta cómo debo hacerlo.  Claro, es mi culpa por meterme a escribir mentiras publicitarias, guiones absurdos y ahora, internet mediante, post para “luky venga”, con tal de hacer unas moneditas. Y es que, en esto de escribir para comunicar mercantilmente, hasta un ingeniero de linda letra pausada, sin desgaste, paliforme, es capaz de opinar sobre las cinco dobles ve.

Recién me acordé que me olvidé escribirle a La Loren. Quería decirle que no soy un pelotudo, aunque lo ejerza con singularidad destreza. Nunca alcancé las dimensiones necesarias pero estoy seguro que le habría hecho reír y me hubiese perdido por su piel sabiendo la dirección de los deseos que desordenan vidas o las hacen posibles. Cosas de la vida que hasta puede ser un mambo italiano. ¿O no?

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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