Vividores de fondo

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“La carrera delictiva es corta. Aprovechala si tenes suerte y si no, retirate”, sentencia Beethoven Da Silva estacionado frente al boliche donde comenzó un de sus periplos vitales que lo llevó desde la sobredosis de adrenalina de las persecuciones y fugas al tedio de marcar cada día en las paredes de penales de ambas orillas del río.

Apenas unos minutos antes, “Beto” es uno más de una mesa de veteranos unidos por las murgas de carnaval, el billar y la grappa, y el whisky. Todos conocen sus prontuarios y no los conversan. Es la mesa más pesada del Club Social “Resistir”. Está abierta a la muchachada que ya ha perdido o encanecido su pelo y que son el eslabón que sigue en la cadena de la transmisión oral. De alguna manera, por decantación, se fueron arrimando para reservar un instante a lo que fueron o no, a lo que son y esperando a la carroza. Y después, cada uno a sus diarias, tan diversas como necesarias para llenar el buche de palabras que, mascadas, compartirán a eso de las siete de la tarde en la mesa sin día ni cita fija.

“Fui chofer de los hermanos Galíndez que, con solo oír el nombre de ellos, las personas estaban poniendo la plata arriba del mostrador. Unos grandes malandros que tuvieron su fama y reputación por su arrojo y decisión con los fierros. Nunca robos chicos, casas de cambio y bancos en Montevideo y Buenos Aires para escapar a la otra orilla hasta que un aguantadero, alguien los reconoció y terminaron como estaba escrito. Después busqué nuevos compañeros. Eso sí, siempre trabajando”.  Desde su camión mira boliche cerrado buscándose cincuenta años atrás, cuando con fascinación escuchaba los relatos de los guapos de milongas, tajos y puñaladas de un barrio de casas mansas y sueños altaneros, de acentos entreverados, de trabajo en lo que venga. La calle le fue ganando al liceo la pulseada por atraerlo y sus habilidades al volante fue su carta de presentación.

En la mesa del club, cada uno es un superviviente de vidas que en algún momento han dejado de manejar. Quizás por eso se reúnen a devolverse años e ilusiones como si todavía existiese el golpe de suerte para sus deseos que, aunque nadie los vea, están bajo su piel formal y cortes, consentidora y flácida. Cada una de sus profesiones suma a la charla. No importa si recién se han sacado el delantal, la corbata o mameluco, si sus uñas están cuidadas o llenas de grasa o portland, ennegrecidas por la tierra o la plata. En torno a la mesa les vienen las letras de los cuplés, el reverso de las palabras, la caricatura del disfraz y, cómo no, el aplauso durante un mes de los tablados. Es una mesa democrática en consumo, nadie se queda atrás, aunque las monedas en el bolsillo sean más bien solitarias. Es una mesa de cupleteros, bombo, platillos y redoblantes. Ellos son el plantel.

“Beto” fue un murguista canillita. Con su grito pelado avisaba de su presencia, de los diarios que vendía e improvisaba con entonación propia, al final y cabo era su marca distintiva, los títulos principales del día. Lo de la murga era natural para quienes viven de su voz prestada. “En esta esquina, en el almacén y bar Domínguez, aquí nos criamos. Aquí crecimos y nos fuimos haciendo hombres, ¿verdad? Después cada uno agarró para su lado, ¿verdad? ¡Y bueno!, uno a veces se equivoca, pero con consciencia. Todo lo que hice de malo, todo, lo hice consciente. Nada que no sabía y que no. Cada uno sabe dónde está parado y las cosas que hace. Yo siempre fui consciente de mis actos buenos o malos, y más aún, sabiendo las consecuencias. ¡Y bueno!, igual le di para adelante”.

Minutos antes, en el Resistir, la mesa de veteranos, por unanimidad, había decidido armar el plantel para una murga. Llevaban años amasando la idea de volver. Y no como unos viejos nostálgicos y pelotudos, como una murga geriátrica donde lo pasado le gana al presente. Volver para competir de igual a igual. Para reclamar que, tras esa apariencia de chatura gris, eran parte del medio. Que seguían siendo canillitas en la mesa del club o sobre un tablado para darle un tono a la diaria. Que andaban más lentos, llenos de pastillas, pero vivos y con ganas de inventarse un resto a la vida. Quizás por eso Beto volvió a la esquina donde un día compaginó trabajo, choreo y murga. La vida es una carrera de fondo y hasta que no suena la campana, quedan vueltas para darle.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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