“Pitita La Pistolera”

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Pitita “La Pistolera”

Cuando Zelacio Terencio Durán Naveiras, alías “El Cacho”, el más temido infanto juvenil de los años 50’ en Montevideo, entró en la mercería que Elena había abierto en la calle Alejo Rosell y Rius, junto al Zoológico Villa Dolores, intimándola para que le diese la plata de la caja, se mascó una de las tantas tragedias que los diarios llevaban publicando desde hace años. “El Cacho”, producto de ese proyecto fallido de sociedad, tan en boga en la actualidad y tan oculto en la “Suiza de América” de entonces, era mostrado por la prensa como un psicópata que disfrutaba experimentando con muertes absurdas, como atropellar y matar por saber el ruido que hace un cuerpo al caer, la violación sin edad ni género por pasar el rato y otras más comunes que demostraban su sangre fría. La población temblaba con solo saber por la prensa que, con su banda, actuaba por barrios próximos.

Elena había llegado a mediados de los cincuenta con su esposo, Vicente, de la lejana Galicia. Eran los primeros de su generación “suficientemente bien preparada” que una sociedad franquista, oscura, siniestra y castradora, expulsaba. Mientras él incursionaba por sus mundos de veterinario, ella hacia micro emprendimientos como la mercería. Eran dos andantes, dos miradas curiosas, dos tripas mestizas.

Ella, ya hincha de Peñarol y al día del país que consideraba, por el momento, propio, supo al verlo que ese muchacho que la apuntaba era “El Cacho”, esta vez en solitario. De complexión menuda, voz fina y ojos inquietos, le dijo: “Cacho, no te pongas nervioso porque tengo muy poca plata”, quizás pensando o dándole crédito a la impredecible conducta del delincuente. “El Cacho”, sonrió, agarró la poca plata que había y se despidió saludándola con un “adiós, buenas tarde señora”. Pasado el hecho, nadie podía creer que aquel infanto juvenil tuviese esos modales en un asalto. Quizás, el inconfundible acento de Elena, le recordó a los de sus viejos, un maestro panadero y una enfermera, también llegados de Galicia.

Y como los destinos se van escribiendo, la pareja siguió viaje a Brasil. Primero Curitiba, después la selva atlántica de Paraná, cerca de Paranaguá y vuelta a Curitiba. En la primera parada se les dio por tener dos hijos. La ciudad de gran impronta italiana y alemana, le brindaba todo ese horizonte que una vez Vicente soñó mientras cursaba su carrera en la fría ciudad de León, en España. Allá todo fue superar retos y el mayor fue cuando decidieron irse a la soledad del mato costero con sus dos hijos, el mayor sin llegar a los tres y peleando por sus dientes de leche y la chiquita, de apenas meses. Aprender a vivir con, y entre, el bicherío, no es cosa fácil. Más en soledad. Más con dos criaturas que, cuestión de familia, ya mostraban la curiosidad por su entorno. ¡Y qué entorno!, con serpientes ratoneras que casi eran mascotas y se enroscaba cariñosas en las extremidades, mosquitos, hormigas y arañas gigantes y los sonidos de la naturaleza que no se entienden en un rato, aunque con los años se transformen en un libro abierto. Aprender a vivir armado, tampoco. Un día, Vicente marchó a la ciudad para arreglar cuestiones de su trabajo en la selva. Elena se quedó con los chiquilines, dos revólveres y una escopeta por eso de protegerse contra víboras y arañas que solían buscar el interior del rancho, o fazenda según se mire, por la noche. Y esta cayó puntual como siempre y las lámparas de queroseno mantuvieron la normalidad del día a día. ¡Ay, carajo!, la noche se llenó de sombras zigzaguentes en el techo de la habitación donde dormían. En la cuna la beba y el varón con ella en la cama de matrimonio, dormían felices y ajenos a sus temores. Y Elena, alías “La Nena”, resolvió arreglar el asunto con su estilo espontáneo y decidido vaciando la escopeta contra el techo. Cargó y repitió. Y vuelta. No conforme, por suerte no había prensa cerca para hacerle una carátula, vació también los dos revólveres y dando por zanjado el incidente se durmió, satisfecha con el deber cumplido. La balacera medio despertó a la selva que los rodeaba, pero la naturaleza todo lo puede y pasados los tiros volvió la normalidad donde unos cazan, otros mueren y muchos duermen. A la mañana siguiente, se levantaron olvidados con el incidente y expectantes con la vuelta del viejo. Besos y abrazos y otra vez la rutina de las víboras ratoneras, los ruidos y el “ojo con los chavales no se lleven a la boca cualquier planta o bicho”. De repente, una carcajada atravesó la foresta. Era Vicente que había entrado en la habitación y encontró todo el techo agujereado y a unas serpientes vivas y con cagazo enorme fruto de la descarga de balas de la noche anterior.

Hubo muchas más anécdotas, pero todos disfrutábamos de estas cuando Vicente o “La Nena”, o “Pitita” como la llamábamos para cacharla con aquel personaje de la farándula franquista, recordaban su vida en Uruguay o Brasil. La suerte, mezclada con la atracción de los sólidos en un medio hostil, me llevó a entablar una entrañable y duradera amistad con Vicente hijo, alías “Willy” y disfrutar, al menos tres veces por semana, de cenas llenas de miradas curiosas de Vicente y Elena. Una pareja singular, diferente, atractiva para quién entiende que la mirada y la pensada es lo primero y que, después, viene la actuada. Primero fue Vicente y ayer, casi con 89 años, falleció Elena. Estoy seguro que, con su carácter jovial e inquieto, aceptaría con una sonrisa que le llamase “Pitita La Pistolera”. Una suerte tropezar como personas como ellos.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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