Carlitos

14882221_10208805530794421_5339336123671687546_o.jpg

Carlitos cuando era Carlos, jugaba a las bolitas en el palier de su casa de 18 de julio. Era 1925. Montevideo. En el segundo piso vivía un estudiante de arquitectura, aporreador de pianos, según la vieja de Carlitos de sólida formación clásica,  que será venerado en un futuro hasta el punto que una de sus creaciones musicales fue incorporada por los tranvías parisinos. Ese día, bajaba entre bromas y tarareos con amigo cantor de tangos recién llegado de Buenos Aires rumbo a su cita dominical en el hipódromo de Maroñas. Burreros de ley, cabalistas impenitentes atentos a encontrar la suerte en cualquier lado, pero sobre todo en la inocencia de un niño, en la casualidad callejera o en el desconocimiento de las carreras, el amigo del vecino se detuvo frente al chiquilín absorto en las cuartas de medida, el hoyo en el hueco de la madera y cómo bochar la bola grande. “Rubio, ¿por qué no me decís tus números preferidos de este diario?”, le preguntó el amigo del compositor. Como un juego repasaron el programa: a la primera ese número, a la segunda, aquel otro y así hasta el final. Y se despidieron con la promesa de un regalo si aquellos datos le proporcionaban la suerte buscada en los pingos. Por la noche, justo a la hora de la cena, sonó el timbre de la casa y la vieja de Carlos reconoció a la pareja de amigos que, con sus impecables trajes y sombrero de media ala, venían con una bolsa gigante de caramelos. Y antes de llamar a su hijo para recibir el regalo, los rezongó: “a los niños, ni de refilón se les mete en el juego”. Carlos abrió los ojos sin comprender bien el obsequio. “Rubiecito, estos caramelos son para vos por la suerte que nos diste esta tarde. Acordate que se juega por placer, no con el pan, como dice tu mamá. Y también, qie los amigos somos agradecidos.” Y antes de darle un beso de despedida, el amigo del vecino le pregunta por su nombre: “Te llamás como yo. Bueno, vamos a tener que diferenciarnos: desde ahora yo soy Carlos y vos Carlitos”. Así fue para siempre, tanto que 78 años después, apareció una esquela que informaba de la muerte de Carlitos, no la de Carlos, como era su deseo, como se le agrandaban e iluminaban los ojos al narrar  aquel instante vivido, cuando Carlos Gardel, el amigo de su vecino, Gerardo Matos Rodríguez, compositor de “La Cumparsita”, le regaló una bolsa de caramelos por los datos certeros de un marcador. Y como Carlitos había nacido un 30 de octubre y la escuché muchas veces entre whiskies, milongas y tangos, hoy la recuerdo.

Anuncios

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s