Outras leiras

cd2c13edeff25b1a6ef86d1cbb0c06e1.jpg

La historia de Christopher encaja en los parámetros de corrección política de los occidentales “de bien” que conviven en la certeza del profiláctico mental incólume. Es el “negro”, el “subsahariano” de los libros de estilo de los medios de comunicación, el “negrito” de las mentalidades de colectas parroquianas o escolares rancias, que pide en la calle de la Torre. Un tipo educado, amable, sonriente (importante para destacar la blancura de su dentadura en la negritud de su piel), cariñoso, porteador de bolsas de supermercado que le activan los jugos gástricos, regalador de ánimos y buenos deseos a los viandantes, vecinos y comerciantes (una regla que la mayoría de las personas que sobreviven en las calles observan para mantener su metro cuadrado de esperanza). Nadie toleraría que uno de nosotros, con nuestra soberbia cinética, pidiese limosna. El papel exige la sumisión. De Christopher poco o nada se sabe y menos interesa conocer. Es el árbol que no existe, la farola que se mea o el cartel de desayunos a tres euros. El periplo de atravesar a pie, camión y patera un desierto inacabable, cruzar una cordillera con nombre de un titán mitológico y un mar desembocado en océano, le costó dos años. “Normal” en el triste ejercicio de su condición de migrante africano. A muchos le viene a la cabeza la expresión de “quién los manda venir”. O peor, “sarna con gusto no pica”. Christopher lo ve diferente, dice que todos saben antes de salir que Europa ya no es lo que era, que ahora está en crisis (algo habitual en su historia de montaña rusa, a veces sangrienta, muchas más miserable y otras esplendorosa), pero es mayor “la necesidad de salir del África de la no esperanza”.

Christopher tiene dos momentos y quiere empezar otro: durante diecisiete años, después de su llegada, trabajó en muchos rubros y hasta se embarcó en el sueño español de comprarse un piso (para festejo de promotor y entidad financiera que al final, como a tantos otros, embargó). Se trajo a Jennifer y formaron familia. Previamente los Testigos de Jehová lo reclutaron y se mantiene fiel. Sin comentarios. En A Coruña tuvieron dos hijos, dos gallegos, aunque muchos no lo crean porque su tez no sea rosada. Dos gallegos de futuro. La crisis, esa de la cual ya salimos a tenor de la economía de terraza, los golpeó con dureza: él se fue a pedir a la calle y ella regresó con sus dos gallegos y otro en la panza, a su Nigeria natal donde, por lo menos, la familia compartiría lo propio. Así durante un año, las lágrimas acudieron todos los días para los cuatro. Ella, sacando fuerzas para parir, cuidar, trabajar en la familia. Ellos para extrañar a un “papi” lejano. Él para sonreír de 9 a 14 delante de una panadería.

En el cruce de caminos que todos enfrentamos a diario, a Christopher le salió la oportunidad de un trabajo por días. Poca cosa. Sin embargo, mucho para quién no tiene nada. Y se fue afirmando y sintiendo uno más. Buen laburante. Pero las lágrimas seguían acudiendo a su cita nocturnas. Por la mañana, pedir en la panadería; los fines de semana, trabajo con contrato. En la furgoneta, con sus compañeros (“blancos”, “postsaharianos”, “blanquitos”, también en situaciones complicadas), habla de sus sueños, de poner un restaurante donde servir paella. Y se hace el bocho y se lía la manta en la cabeza. Hace tres semanas, regresa a Nigeria para buscar a su familia. A todos menos al chiquito que nació allá y la ley no le da visado de entrada (probablemente se considere que con ocho meses pretende venir para sacarle el chupete o los pañales a los bebés aborígenes).

Christopher con su familia, menos el bebé que quedó en Nigeria con los abuelos, llevan una semana en la ciudad. Un amigo les alquiló un piso que no detallaré las condiciones porque es fácil adivinar a los miserables que hacen negocio con la necesidad. Ya no duermen en el suelo, también existe nuestra cara buena y algunos se han volcado compartiendo colchones, sábanas, juguetes. “Él me había contado que había gente que lo quería”, dice Jennifer. Así que está historia que ahora empiezan deben ser necesariamente de éxito. Si ellos lo consiguen, lo hacemos todos. Unos dependemos de otros. Y no es dinero, que también lo es (o en especies). Es pararte y compartir un poco de tu conocimiento, de información, de oportunidades que uno ve y que cuando se está en el pozo todo es oscuro. Descartado que muchos piensen que todo pasa por uno mismo. No. No es así. Así no funciona la sociedad. Y mañana, la ciudad, el país o el continente tendrá cuatro (que esperemos sean rápidamente cinco, si quiere el Departamento de Extranjería), personas más para construir, entre todos, un futuro posible. Hay muchos Christopher, cada uno con su historia. Pinchar el globo mental es la cuestión, lo demás son “outras leiras”.

Anuncios

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s