La artista y el capitán

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Cada puerto tiene sus tugurios. Vitas para amarrar personas y momentos. Los de primera fila, orilleros de los muelles y de ambientadores grotescos, son para descargas urgentes de sueños desecados en sexos perfumados con toallas húmedas de lavanda. Terciopelos rojos y azules para el encuentro de pieles multicolores. Habitaciones descascarilladas en los altos. Colchones tatuados. Cualquier servicio tarifado. English spoken.

El resto, se sincretizan por la malla de un barrio aduanero que se desparrama entrelazando rubros de comercio al por mayor, almacenes, despachantes de aduanas, bancos, consignatarios, restaurantes, boliches de estibadores donde esperar trabajo, quilombos, timbas, conventillos, comisaria, pensiones, grandes edificios en ruinas, prefecturas, camiones y vías de trenes de carga hasta su frontera: la ciudad. Montevideo.

En ese urbanismo portuario, escondidos a las rutinas comerciales del día, llenas de miradas de asientos contables, milanesas al pan, cafés y medialunas, panchos y choripanes callejeros, de trajes y cadetes, están los boliches mestizos, imanes de intelectuales, artistas y curiosos de farras de última hora y marinos, la nota de color y acento foráneo. Entre antiguos cabarés de lujo, cuando era el Bajo, o el barrio Rojo, o el Chino y a un paso de ser whisquerías, mantienen el culto por los sonidos melancólicos, barriobajeros, por la conversación ocasional y el sexo deseado. La casa pone las reglas. Transgredirlas es el juego.

Lejos de las milongas románticas sobre marinos, navegar tiene insoportables rutinas de tiempos vacíos a rellenar. El alcohol es lo más fácil. Hay otras drogas como la lectura, casi siempre liviana para no hundirse. Son los puertos las tablas salvadoras, los puntos de encuentro.

2

Se entreveraron entre sus piernas llenas de palabras, texturas, aromas. Era 1968. Ella buscaba mar y él tierra. Durante meses, sus encuentros esporádicos comenzaban en una mesa junto a una ventana del boliche La Tempestad. Sin cita previa, sin perder la liberadora sensación de coincidencia. Micaela sabía inexplicablemente cuando se aproximaba la fecha y revisaba la sección portuaria del diario buscando el nombre del navío. Guillermo, adecuaba sus singladuras para arribar cuando el teatro descansa, lejos de los fines de semana. Ambos esperaban al otro. Repetían la secuencia del primer encuentro con el temor del primer desencuentro que nunca llegaba. Dos whiskies dobles observados, narradores del mes de ausencias. Sentados uno frente al otro interpretaban a dos viejos amigos sin prisa; a dos amantes indisimulados que maduraban sus encuentros para inventarlos cada vez. Después caminaban la Rambla, territorio apátrida por donde deambulan los que esperan ser encontrados, pescadores fugitivos de presencias, radioyentes aburridos, niños y perros sueltos. Sus cuerpos eran iridiscentes a los deseos. Les bastaba una mano firme para invadirse de historias descubridoras. Ella, un mundo de resonancias. Él, un tiempo constante a 15 nudos. Una persona, un objeto, cualquier cosa servía para tirar del hilo de las semejanzas que, cada mes, los encontraba irremediablemente excitados por saberse un poco más próximos al otro cuerpo. Paseos extendidos que los deconstruían lentamente: sus puertos, los cabarets de aire denso y húmedo, miles de páginas inacabadas y los brotes de locura etílica enfrentados a los teatros, a las compañías de polvorientas rutas, públicos iracundos, galanes improvisados, a las noches opiáceas de experimentación y sexo.

Cada día, de los tres en puerto, lo finalizaban derrotándose en un hotel amueblado de la ciudad, territorio neutro, entre fronteras.

3

La decisión la tomaron entre retazos de historias contadas. En La Tempestad, él dijo que era su último viaje, que desembarcaría en la ciudad. Ella, no contestó.  Lo llevó a su casa de la infancia abandonada, en Malvín, casi frente al mar, amurallada por un jardín crecido y se la presentó. Aceptaron sin parecer que alguno daba un paso por delante del otro. La imaginaron y dibujaron propia. Y caminaron por la Rambla contándose nuevos cuentos. Durmieron exhaustos en un amueblado conocido por muchas noches de sudores y palabras. Por la mañana, intercambiaron papeles, como tarjetas de presentación:  la de Micaela tenía la dirección de la casa y él, la fecha del regreso. La casa floreció otra vez para alegría del vecindario. Ella se hizo escultora de jardines metálicos. De cada fascinación vivida crecían varillas oxidadas, planchas de acero que a lo lejos se presentaban como tajamales y rejas, muchas rejas, que abrían espacios. Él, llenó de intensos colores cada uno de los recovecos construidos. Una máscara de retales enmarcados con maderas que le llamaban para estar. Su pierrot. El interior era diáfano, sin paredes, la vida estaba fuera. Fueron años de amores compartidos e inacabados. De destruir y construir. La casa se convirtió en punto de encuentro de la muchachada del barrio que la disfrutaba como si de una casa encantada se tratase.

Ella tenía su anterior vida a la vuelta de la esquina. Y la llamaba. Una y otra vez la reclamaba. Cuánto más era su silencio, mayor la insistencia. Quizás de pura envidia, por desconstruir la ficción del escenario, por ver donde nadie veía, por estar donde nadie creía. A él le golpeaba el salitre y el horizonte que escondía el sol en sus pesadillas. Las leyes de la gravedad son diferentes en la mar. Los músculos se vuelven vagos en la tierra. O eso, creía haber aprendido. Resistentes a las señales, cambiaron sus nuevas profesiones por otras aún desconocidas para reinventarse juntos: tallador y escritora. Las paredes descascarilladas la festejaron como si fuesen arrugas de un viejo teatro consumido por aplausos de mil estrenos. El óxido fue una enredadera que los atrapó en las conversaciones sobre mundos lejanos. El tiempo, los agotó. Compraron una vieja casa perdida entre los campos de dunas de Rocha, la costa de los naufragios, para convertirla en su refugio. La respetaron como la conocieron y se encerraron durante temporadas. Uno solo del otro. Ahí surgió la gran obra. Ahí surgieron los fantasmas de madera. Un día ella volvió a la ciudad que la devoró entre halagos. No regresó. Y él, no cayó en la ausencia. Sus tallas crecieron en una carrera para terminar con toda la madera que el mar había suministrado. Y también se marchó.

Las casas volvieron a su abandono.

4

“La artista y el capitán” fue una obra inverosímil. Eso dijo la crítica. Y ante la duda, el aplauso. No escribió otra. La narró y explicó como una docente. La interpretó y dirigió en todas sus versiones. La detestó. Aceptó llevarla al cine para traspasar fronteras. Conferenció. Rellenó todos los huecos que solo ella y el capitán conocían para darle un argumento más digerible, una lógica normalizada al gusto de muchos más que dos, transgresiones conocidas y asumibles. Y se odió. Conoció a un tipo con todas las características aceptadas por el círculo de interpretantes. Y tiró la toalla. No tendría una mano de póquer mejor.

5

El capitán volvió a su lugar de nacimiento: la mar. Picó, rascó, lijó y puso minio en su cuerpo. Una y otra vez hasta dejar su piel lisa. Regresó a sus puertos, a sus putas, a sus drogas, a sus horizontes a rumbo y sus páginas tentadoras. Y las escribió como cartas. Cada una de ellas fue a la papelera de una dirección que ya no existía. Pesé a todo siguió para remediar su autodiagnóstico contra los brotes psicóticos. Distorsionó apretujando los momentos compartidos hasta escurrirlos del sudor perfumado de la artista. Y el propio. Y el de ambos. Tras meses de navegación, se perdonó. Siguió con sus cuentos irracionales y los correos a una cuenta inexistente. Una droga que no tiene cura.

6

Una mañana, tras dejar a su hijo en el colegio, Micaela llegó a la oficina donde se engañaba como un nuevo reto. Su secretaria le entregó un paquete que olvidó sobre su mesa para perder la mirada por la ventana, como cada mañana. El ritual es una cábala que no se rompe. Los halagos oportunistas de antaño habían menguado. Todo era nuevo menos ella. Encendió la computadora para retomar el párrafo que desde un mes se le atragantaba. Era bueno; muy bueno. Y no fluía más. Tampoco lo borraba. Miró el paquete y lo abrió para ver su contenido: el pasaporte del capitán, su certificado de defunción y una carta de un consulado de Cartagena de Indias. Se rio con carcajadas de llanto. La malaria lo había vencido. Le quitó el bloqueo a la cuenta y leyó durante semanas los años transcurrido. Y el párrafo fluyó. Era 1989.

Fotografía: Vari Caramés

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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