Prohibido prohibir

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Una noticia, de las llamadas “de relleno”, abofetea el atardecer. Si existe un denominador común en este imberbe siglo que nos rige ese es el volumen; la cantidad nos marca. Nunca hago apología del pasado porque las circunstancias determinan los contextos y éstos, vueltos cotextos, nuestras vidas. Parece lógico creer que, no hace mucho, las dimensiones de la tierra eran mayores y nos otorgaban espacios más amplios para toquetear realidades y proyectos. Espacios más amplios es igual a más necesidad de tiempo para recorrerlos. Y todo esto era gratis y posible sin diferencia de clases. Otras, sin embargo, y de ahí mi rechazo a la comparativa temporal, únicamente eran posibles para quienes tenían una capacidad diferenciadora, bien cultural y educacional, bien, y odiosa, económica. Es decir, la cantidad nos mengua en lo personal, nos obliga a compartir los espacios comunes desde otra perspectiva mucho más compleja y dinámica.

La naturaleza vital del volumen es devoradora y su máxima expresión es la bulimia consumidora. La ansiedad por consumir cosas, objetos y servicios (consumir por consumir), nos genera una competición por los espacios comunes. La Tierra es nuestra, en propiedad, con todos sus abalorios en forma de paisajes, seres, culturas e historias. Y el low cost, la herramienta de futuro para rellenar nuestras panzas deseosas del placer engullido. Somos como cruceristas que bajan en puerto y caminan y caminan para alcanzar el máximo posible de ítems en un tiempo determinado; Diógenes sin saberlo. Hemos ido tan aprisa como las comunicaciones que nos han aceitado los nuevos hábitos y costumbres que hoy tenemos y que, mañana, serán otros más efímeros, rápidos y cuantiosos. Es lo que hay.

La noticia de que el ayuntamiento de Barcelona propone derogar la ley que prohíbe “jugar a la pelota” en los espacios comunes es un soplo de aire fresco, como que se abre una ventana y se estira un cachito la Tierra. ¡Qué linda pavada! Porque el low cost, el volumen, la velocidad y sobre todo el acceso a ello, vendido como una democratización de las oportunidades, nos fue inoculando, subrepticiamente, a la prohibición como instrumento de ordenación del consecuente caos en el espacio público. Las libertades (positivadas en las diferentes legislaciones [vistas teóricamente son abrumadoramente mayores] y cartas magnas) se han vuelto abstractas y, lo que es peor, beligerantes a través de las prohibiciones por un claim político-publicitario que habla del bien común. Y las otras, las reales, las que desde el principio del homo no necesitaron reglarse porque afectan a una lógica como especie, nos la metieron por la puerta trasera y sin pensarlo, aceptamos. Básicamente, la lógica mercantil, que a la postre es la norma suprema que está presente en cada acto, nos rige para dirimir nuestra libertad enfrentada a la libertad de otro. La palabra mágica: garantía.

La garantía ha sustituido a la libertad y la prohibición se considera un mal necesario (cuando se percibe que bien presentada, ni eso). Fornicamos, amamos, comemos, criamos, relacionamos, hablamos, trabajamos, vacacionamos, compramos, etc. con garantías. Jugar a la pelota, sobre todo en la infancia, carece de las garantías de no romper una ventana, pegarle un pelotazo a una anciana, aceptar un resultado, mantener a salvo la ropa y el cuerpo y hacerle calvas al pasto. Y, sin embargo, al igual que amar sin formulismo, expresarse sin la corrección política del grupo, tocar la fruta con las manos y acerca a la nariz, y tantas otras cosas que antes hacíamos solo regidos por el criterio de probar y errar, de cuestionar, de juzgar y decir, nos hacía más libres, aunque seguro que menos elegantes.  “Prohibido prohibir” fue el lema con el que se tomó las calles en el mayo del 68 francés. Y no pasó de ahí.  Y así nos va.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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