Otros números

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Es una mañana de un domingo de verano ambiguo. Ayer, el grueso de las escasas pertenencias, se estivaron en el estudio de un amigo. Mudanza. Otra. La media le sale a casi una por año. Más de cincuenta. Hubo años de sedentarismo y otros, por el contrario, vertiginosos; de culo inquieto, no más. Pocas han sido memorables. Nacer en una tribu de cultura cazadora-recolectora, siempre en movimiento, es más frecuente de lo que la opinión imperante cree. Los herederos de los agricultores del neolítico establecieron en su sedentarismo el pensamiento único: la propiedad. Y vista desde la óptica o posicionamiento que se quiera, se han pasado miles de años peleando y matando por poseer. Lo que sea, un terreno, una persona, animales, objetos y eso, claro, es una carga pesada para llevar a cuestas si lo que se desea inconscientemente es perseguir horizontes por pura curiosidad.

Las mudanzas tatuadas son pocas. Obvio, todas suponen un cambio y, sin embargo, solo algunas de ellas fueron liberadoras de una situación o ilusionantes proyectos que arrancan. Esta, sin tener la certeza, lo es por lo segundo (me viene a la cabeza el bodrio de película con título publicitario “Volver a empezar”). La primera en solitario fue más bien una invitación a la marcha. Y es que cuando tu vieja te llama por el apellido y dice que ya no tenes llaves del apartamento, lo único que resta es tomarte un bondi a alguna parte y esperar que te manden la valija. Después vinieron las de barco y avión. Las de los puertos eran demoledoras por sus lentos desenlaces (cuando tus espacios y querencias tienen a cero, a un micropunto y después la nada, la oscuridad y chau). Las de los aeropuertos, cuando éstos estaban humanizados con sus terrazas para los adioses, perfectas en tiempo y forma. Un postrero saludo desde la pista, una mirada tatuada antes de encapsularte hacia el cielo. Ahora desapareces en una misma sala, sin zapatos ni cinturón, más pendiente de los vigilantes mecanizados que de esa última mirada a lo que queda atrás. Y algunas veces, es demasiado importante lo que se deja.

Las mudanzas tienen que ver mucho con la caza y recolección de fuentes de ingresos que transformamos en energía (después la desperdiciamos adecuadamente). De memoria, veinte trabajos aproximadamente. O más. Seguro que olvido alguno. La mayoría propios de la comunicación o de sueños infantiles. Otros, no; tan sólo salvavidas. La media de permanencia ronda los dos años, pero, haciendo cuentas de la vieja, hay un buen ramillete de contratos semestrales en contraposición con los que te van oxidando poco a poco. Permanecer varios años en una misma empresa distorsiona el ser y establece una relación perversa con los otros al creerse parte, estar identificados con un sujeto jurídico con el cual se comparte demasiado tiempo y, lo que es peor, se establece relaciones personales viciadas por mediar un fin lucrativo. En plata, no se elige a la persona que está a tu lado gran parte del día. Y si genera contradicción, chau. La historia es que el trabajo ahora mismo es un altar donde nos postramos implorando una limosna.

Los trabajos, para los de la tribu, suele conllevar traslados de ciudades, países y continentes. Que recuerde, fueron cinco países y ocho ciudades. Y repetidos, idas y vueltas en algunos casos (sin contar la estupenda experiencia de navegar en la mercante). Olores (no sé adscribir categorías, pero sí asociarlos a sensaciones gratas, de placer o desagradables), costumbres, pieles, sonidos y tonalidades insinuantes y perturbadoras que habitualmente son la antesala y otros que vendrán. Situaciones y espacios que nunca están al alcance de turista que, por mucha sensibilidad, viaja con un tiempo determinado y sin la vocación de perderse a propósito lo que le motivo el desplazamiento. El turista es una triste consecuencia de la globalización. Viaja, no conoce. Menos siente. Y nada entiende. Lo bueno, le da igual, marca tickets de presencia.

Los espacios sudados, la mayoría de las veces, están habitados por personas. Establecer relaciones es enriquecer el hipotálamo. Confundirlo para que concluya que solo el mestizaje, a los de nuestra tribu de recolectores, nos alimenta. Aun las puristas y prognatas sociedades, amuralladas de prejuicios, tienen una mirada, un descubrir de sus biologías estructuradas. Y el intercambio de salivas y susurros, de miradas y texturas, pese a su carácter efímero, tiene un poste restante en la memoria. Acá o allá, vas sumando a personas indescriptibles al bagaje de andar caminando sin la planificación de fábrica. No son medibles, digamos que son los justos y que en el ómnibus aún quedan asientos vacíos (igual alguien sube a compartir una amistad, una mirada). Y ninguno se baja en parada alguna.

Lo único que compartimos con la tribu de los agricultores, sin sucumbir a la posesión, es cuando un rayo te cae para partir la baldosa.  Amor. Si ocurre, el resto, y no importa el número, fueron apenas relámpagos.

Vivir sin la propiedad como horizonte no implica renunciar a los derechos y libertades reales como individuo, como sujeto. No somos el homo sacer que contemplaban los romanos donde la impunidad, por no estar dentro de la paradoja de la soberanía, nos incluye y excluye. Creer que cualquiera de los descendientes de aquellos agricultores tiene la potestad de putearnos, es desconocer lo que la globalidad también ha desvelado: los migrantes, sea cual sea el adjetivo adjudicado. Y no es una guerra, es más bien lo que cita Giorgio Agamben en el Cualquiera: “el ser no importa cual, sino el ser tal que, sea cual sea, importa…”

Mudanza, segundos fuera, un montón de números de asalto.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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