Lisboa, Ponto Final

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Lisboa es Montevideo. La certeza del no retorno que durante años me acompañó hizo que asiera esa impresión como un salvavidas. Una y otra vez me refugié en Portugal cuando el exceso de arrogancia hispana taponaba mis oídos. Y encontraba la calma, el perfil bajo de ser parte del entorno. También cuando buscaba un chute de sentidos sin tabular: África, América y Asía en dosis, o granel o diluidas para tomar y masticar, coger y bailar, oler y seducir con tan solo estar, sobre todo, en Lisboa.

En Lisboa me perdí y en Lisboa me encontré. Algo tuvo que ocurrir para qué, con mis cinco años y de paso en un vapor británico, la ciudad bajo el yugo de Salazar casi me arrancase de la protección de mi vieja. No sé por dónde deambulé. No lo recuerdo traumático. Según la historia familiar (exagerada con los años y la repetición del hecho), cuando el barco estaba a punto de partir, por el muelle frente a Santa Apolonia, con mi pantalón cortito me dejé ver. De aquel episodio solo recuerdo, en fotogramas, la plaza de Comercio, la avenida Liberdade mirando a Pombal, los tranvías y el ascensor hacia el Barrio Alto. Todo mezclado, difuso, dispuesto para el regreso.

La revolución del 25 de abril fue madrugadora e intensa. Los claveles rojos fusilaron al blanco y negro sin disparar un solo tiro. No hubo grises agónicos. Del silencio a tararear por las calles. Un orgasmo portugués en público que disfrutó también el resto del mundo. Por primera vez en siglos de olvido, de África vinieron los vientos liberadores a una Europa carcomida por sotanas y uniformes. Con mis 14 años de confusas sensaciones, entre hormonas reclamadoras y las “Medidas Prontas de Seguridad” impuestas en Montevideo, Lisboa otra vez entraba en mi vida. Otra vez una escala, un barco, la praza de Comercio, el empedrado, los tranvías amarillos y el sosiego.

Tres años después, volvía a colocar mi cabeza entre sus pechos de mujer amada para sentir que la penetraba húmeda y sensual. Y como todo amor, la pasión y la crueldad se me presentaban al unísono. Otra vez más un barco, esta vez como marinero, me llevaba con frecuencia a sus muelles. Y me desparramaba por sus espacios para mamarme de perfumes y devorar texturas que eran como una vuelta a un lugar que solo existía en mí cabeza.

En Barreiros, frente a Lisboa, descubrí mi primer campo de concentración. Fue por la noche y las sombras apelaban a esa cultura cinematográfica de los otros, los terribles campos de exterminio (sin eufemismos de concentraciones). Allí “morovam” los restos del colonialismo luso, los sin tierra, los negros que de alguna manera habían estado en el bando colonial. Fue desolador, terrible, fue un Portugal que se aggiornaba con sus rudimentarias herramientas de la autarquía a la periferia continental. Para equilibrar la realidad, a pocos quilómetros, una playa de aguas yodadas me recibía con sus casetas enarbolando las banderas de Rosa Coutinho. Caldeirada y contradicciones. Tatuajes de cuerpos expedicionarios en África con Zeca Afonso en el pasacassettes. Finales de los setenta.

Cuando el barco estaba en el muelle de la ciudad, la Lisboa portuaria nos invitaba a caracois, cervezas y güisquis con sonidos urbanos, sus fados, lo más cercano al tango que he conocido. El vinho verde, aunque festejado, era solo la solución final a la falta de alcohol. El empedrado de sus calles, sus taxis Mercedes como en Montevideo y el aroma de los pequeños boliches te hacían sentir bien. Con cuidado porque en los puertos somos todos hijos de madres diferentes. Un marinero cuando llega a puerto tiene muchas cuentas pendientes. Las primeras consigo mismo. Las segundas, bueno, eso son las circunstancias.

Bien cenados y llenos de combustible, en manadas o solos nos dirigíamos al Barrio Alto. Ese que hoy marca tendencia y que a finales de los setenta estaba lleno de tugurios donde contar milongas entre tetas gloriosas mientras nuestras manos escarbaban el vestido buscando la humedad de esa concha deseada en alta mar. Seguir tomando, manoseando y terminar en una habitación de aire denso, pagado y desahogado. Nunca he recordado como volvía al barco. Siempre solo. Igual que cuando tenía cinco años, sin memoria.

La mar destruye. Regresé a los estudios y me afinqué en Madrid, Lisboa siempre estuvo al Oeste y nunca me esperó demasiado.  La viajé a dedo, tren y moto. Lisboa, decíamos, tenía el mejor camping de Europa por sus duchas con agua caliente. Y vuelta lo mismo. A caminarla, a sentarme y mirarla como se mira a una mina que se desea. Y a fumarla con chocolate marroquí. No hay nada mejor que fumarse un porro en el castillo de San Jorge, arriba de Alfama, a primera hora de la mañana, viendo cómo se despierta la ciudad y sus ventanas son estrellas que aún no se fueron a dormir.

Caminar Lisboa no tiene precio. Hay Lisboas de todas las épocas, seriadas, juntas, yuxtapuestas. Hay abandono y miseria. Más allá barrios sintéticos. También estilos propios y asimilados. Hay color desde hace mucho tiempo. Y los aromas, matan de placer; son excitantes, seducen, provocan.

Ya grande he seguido yendo a Lisboa. Con mi hijo la hemos recorrido con una pelota bajo el brazo. Patear la ciudad a cada edad tiene un sentido. Y Lisboa bien merece un partido o un picadito en alguna de sus calles peatonales. Los lisboetas exhalan tiempo para vivir sus espacios. Lo dominan evitando ser devorados por los clichés que ahora se sincretizan en la simpleza de lo identitario. Lisboa es sobre todo mestiza, huele a mestiza, besa como mestiza.

Después de tantos encuentros furtivos, ya que nunca conseguí un destino en la ciudad, me quedan rincones. El último, y ahora deseado con intensidad, es un bar situado en un muelle abandonado de Almada, frente a Lisboa. No fue casualidad. Lo busqué y encontré para hacer realidad una ficción. Una mesa donde tomar güisqui mientras atardece. El lugar donde pasar cuando el sol cae y prolonga su intensidad en los reflejos de miles de ventanas que miran al Tajo, al Tejo.  Una mirada que probablemente nunca más veré. Sacada de un libro de Lobo Antunes. Una visión que no admite mi soledad. Nunca he estado en Lisboa con una persona que sienta lo mismo. Es mi deuda. No poder compartirla sin describirla. No mirar la emoción en otra persona. Y Lisboa no hay que entenderla. Solo disfrutarla. Está ahí, deconstruyéndose desde hace siglos.

Hay algo de Montevideo en Lisboa. El mismo abandono consentido, las mismas sombras, los perfiles bajos de sus moradores. Están ahí, preñadas de relatos, músicas, latidos, imágenes, perfumes, de texturas rugosas. Creo que no puedo volver, ya no. Ponto Final.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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