Las ciudades sensuales

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El síndrome del retornado tiene una de sus manifestaciones más visibles en la imperiosa necesidad de caminar por los espacios de los cuáles se ha huido, marchado o expulsado. Encuentro o cuenta pendiente. Imposibles ambas. Es un acto de soledad para levantar la cabeza. Disculpas varias. Confrontar el presente con una mente pretérita es un proceso. Da igual bien o mal, correcto o desacertado. Se vive y, de alguna manera, se sale. El espacio te explica tu histórico devenir. Es un dialogo finalista, digno de leerlo o escuchar, de tocar, oler. Aclara la irreflexión de las decisiones.

La ciudad se camina sin rumbo. Lo demás es transporte. Y por ahí van entrando respuestas a tu comportamiento relacional con los espacios, las personas. Lo primero es el urbanismo, contrariamente a lo que se pueda pensar que se arranca desde la casa, el edificio que es, en suma, el otro. Eso es lo segundo. El urbanismo es cuando abrimos la puerta de la cueva e interactuamos como seres independientes, si de alguna manera es posible en la cadena de dependencias propuesta por los modelos sociales del neoliberalismo (trabajo, familia, esparcimiento). La perspectiva que encontramos, esa profundidad o no de campo, la tonalidad de los contenedores de otras vidas, que pueden estar mezclados o no de vegetación, la textura adivinada de los materiales, condimentado con la climatología y los olores predominantes son impresiones que se vuelven naturales y que solo los estúpidos los comparan o reivindican como una bandera. Quiénes tuvieron a bien pensar la ciudad como un entorno de vida posible merecen (personas en plural que, en momentos históricos le dieron una pensada [desconocidos mayormente que tienen mi gratitud o mi desprecio, a saber] e imaginaron una urbe rellena de esperma y óvulos a fecundar), un papel más acorde a su aporte y, sobre todo, una presencia en los planes educativos de los jóvenes. Plantear, diseccionar y proyectar el entorno estaría bueno.

Acomodados en nuestro espacio primigenio, abierto y expansivo o cerrado y limitante, o revuelto y entreverado (si bien existe un amplio número de modelos urbanísticos hemos de concluir que hasta los mestizajes se han ido clonando o interpretando en el mundo), el segundo encuentro, el contenedor de funciones habitacionales, laborales o comunes, nos asalta con sus diversas propuestas que, bien observadas, son relatos que narran períodos históricos concretos que se suceden unos a otros. Si la infamia no ha actuado en exceso derribando las huellas de la urbe, hasta comprenderemos cómo el motor de explosión deconstruyó la ciudad en decenas de visiones edilicias durante el siglo pasado que no necesariamente pueden ser del gusto propio, pero son pensadas. Si por el contrario se despreció el conocimiento vital de los arquitectos y urbanistas para caer en manos de los promotores, es mejor no caminar para invisibilizar lo impersonal de los espacios que, por otro lado, se representa en todos los ámbitos y ya se educa en la materia.

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La mano es que mi espacio urbano que represento en cada acción independiente, algo que puede resultar obvio pero que es complicado y escaso por las leyes de la dependencia relacional, se rige por una tendencia a buscar la sensualidad de las sombras en las formas. Un cuerpo y su sombra que doblando la mirada es la sombra con un cuerpo contenido.

En los créditos de agradecimiento que ya voy escribiendo, está Eladio Dieste. Un dador de espacios singular, incomprendido en mi infancia e inquietante en mi juventud al que me resultaba difícil obviar. Sus formas sugerentes construidas con materiales elementales iban en contra de la solidez que nos inoculan como valor supremo del carácter. Y eran inevitables a la vista de mis pocos años. Tramposo él, se mandó un galpón en el puerto que lo incorporé, desconocedor de su autor, como uno de mis edificios predilectos de la ciudad. Sus señas de identidad eran claras, pero, al estar dentro del puerto cerrado por una valla y con la arboleda yo solo podía ver su fantástica cubierta desde la lejanía y entre jugada y jugada de los picados callejeros del sábado por la tarde junto al boliche de mí tío. Aquella cubierta era la mejor representación construida del lomo de un gran pez con sus branquias acristaladas. ¡Qué mejor para un puerto!

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Eladio Dieste solía decir que “primero eran las formas que hacían la función y después el cálculo para verificar”. Hoy, hablando con un amigo arquitecto me pareció oportuno su comentario de cómo él y otros, caso de Nyemeyer, eran arquitectos (o ingenieros) sensuales. Creadores de espacios que se suman a un relato urbano particular donde también están otras expresiones, desde la plástica de a la música, pasando por la literatura y, sobre todo por la cadencia de sus rutinas populares. Y es universal allá donde se dan las circunstancias de mestizaje de las sombras que contienen miradas; sin banderas, idiomas, historias,… son ciudades sensuales.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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