El Don Guillermo

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Me levanto tarareando “Céu e Mar”, de Tom Jobim. Podía ser “Aguas de Março” pero no. Está buena. Y, sin embargo… En algún momento de la noche me volví absolutamente decadente. No recuerdo nada, solo veo restos de músicas y cigarrillos casi sin fumar. Ese momento adolescente recurrente en mi vida entre textos del puto Cortázar y los “Tatuagem” o “Wave”, imitando a grandes…

Mientras tomo mate Micaela se levanta silenciosa. Le propongo irnos a playear y se encoje de hombros. Se mete en la ducha y desde bajo de la lluvia me pregunta qué es playear. Sigo con el momento adolescente: “buscar cosas en la arena, sobre todo restos de naufragios”. Su “ah” suena apagado. Así que le aseguro que será divertido. Tampoco sueno convincente, lo reconozco.

La costa en Rocha es una de las tantas en el mundo que se han ganado el calificativo “de la muerte”. Quizás por sus corrientes que tiran contra la costa en esa pelea entre un océano y un río que se resiste a diluirse, quizás por los vientos, sobre todo el Pampero, que desde el sudoeste sube tormentoso y amenazante, quizás por el perfil rocoso de una plataforma continental demasiada pequeña que confunde profundidades y camufla restingas y bancos de arena, o, quizás, finalmente, la más poética de las razones relatadas, la que le otorga un misterioso magnetismo oculto en su fondo marino que vuelve locas a las brújulas haciendo que capitanes y pilotos confundan el rumbo para terminar destrozados junto a los arenales. No importan un carajo las verdaderas causas por lo que la costa de la muerte de Rocha se tatuó de naufragios desde que en 1516 uno de los barcos de Solís se fue a pique en Castillos. Solís, Juan Díaz de Solís, primer europeo en conserva que tuvieron a bien comer los guaraníes. Cientos de barcos han vivido sus tragedias, sus últimos momentos y hacer una playada tiene un punto de aventura bibliotecaria de campo, como si los restos de aquellos navíos contasen historias a quienes se detienen a escucharlas.

Hubo un tiempo, cuando no me afeitaba, que viajaba por océanos. Conocía fechas, lugares, nombres de barcos y navieras exóticas que desde los mares de la China venían a morir en los “cuarenta rugientes”. Mis historias eran cercanas a mi siglo y lejanas de aquellas naos españolas y portuguesas o de los bergantines y fragatas de franceses e ingleses que en armadas surcaban los horizontes para ensanchar sus bolsillos. Más próximas a los balleneros noruegos me siento, más grasa. Soy de un mundo a vapor y chimeneas, de motores llenos de caballos, de hierro. Me nacieron, crecí y vivo quemando combustible y largando humo. No quiere decir que me chupe un huevo la naturaleza, que no haya modificado comportamientos, que no advierta el impacto, pero después de tantos vaticinios incumplidos y de selvas arrasadas que se miden en campos de fútbol,  no trago el marketing verde. ¿Por qué no se van a la puta que los parió, destruyen su progreso y vuelven a empezar de cero, pero de verdes? No. Eso no. Somos los pobres los que debemos renunciar al modelo de vida que nos venden.

La playa de la Calavera en el Polonio ha registrado innumerables de naufragios, tanto antes como después de la instalación del faro. En el camino soy consciente que tengo un collage indescifrable en la cabeza. La puta edad y la distancia, la vagancia mental. Nombres confundidos y hechos reales para un relato que narraré nuevo, real y confuso. Cuando relatamos queremos contar con nuestra ficción una realidad de un hecho acaecido que imperiosamente pide ser interpretado. Esse est percipi. En mi actualidad creo que todo pasa por entretener mi lengua de solitario.

Al ver los primeros restos enterrados en la arena me viene el “Don Guillermo” y aunque soy consciente que era una barcaza de desembarco reconvertida a carguero, mi historia va por un buque de pasaje. Quiero profundizar en el desarraigo de los migrantes y en el contraste con la riqueza desproporcionada de los viajeros de primera clase. Le doy una vuelta a la memoria pero es imposible recordar el nombre de aquel buque de pasaje que también naufragó en esta costa. Todo se andará y como no sé mentir convincentemente me rindo a los restos de mi memoria:

“Ves esos restos, están desde mitades del siglo pasado. Era un carguero argentino llamado Don Guillermo. En realidad era una barcaza de desembarco utilizada en Normandía por los yanquis y que fue vendida, porque las guerras siempre son fuente de negocios, para que un tarado la convirtiese en carguero pese a su fondo chato que la hace torpe mar adentro. Había salido de Buenos Aires rumbo a Porto Alegre, remolcando una chata, la Josefina. A esta altura, los agarró una terrible tormenta que rompió los cabos de remolque. Empecinados por recuperarla, en vez de buscar refugio en el puerto de la La Paloma o ponerse a la capa, maniobraron dejando su banda a la mar lo que casi les hace zozobrar. Cosas que parecen absurdas y se explican solo por el valor del cargamento. En la mar rara vez el hombre está por encima de la carga y de ahí todos esos ritos absurdos sobre la unión del hombre al barco. Estos marinos, perdida la chata Josefina, que después apareció en aguas brasileras, y viendo que se iban a pique, buscaron embarrancar acá, en la playa de la Calavera, en esta media rada del Polonio. Otro error. Podían haber metido toda la maquina con la proa a la mar para capear el temporal, pero prefirieron arriesgarse a embarrancar. Era de noche y la luz del faro, que parece lenta cuando se la necesita, no les permitió ver como se aproximaban a la playa. Por la mañana, el barco estaba 100 metros adentro de la playa. ¡Tuvo que ser alucinante despertarse y ver un carguero intacto sobre la arena! ¡Tuvo que ser flipante con la fuerza que entró tantos metros playa adentro! ¿Entendés algo? – Micaela tiene la expresión de un soberano aburrimiento. Así que, infatigable y pesado, le repito la historia acompañando mis palabras con gestos, con izquierdas y derechas por estribores y babores, con pechos y espaldas por proa y popa,… hasta arrancarle varias carcajadas enlazadas -. La mar está llena de locuras, de soledades alcoholizadas y de soberbias sobrevenidas desde que Enrique el Navegante descubrió como navegar contra el viento. Pero en el embarrancamiento del Don Guillermo lo fantástico vino después. En las denominadas costas de la muerte del mundo, siempre inhóspitas y aisladas, sus habitantes tienen una especial relación con la tragedia de los naufragios. Para estos ribereños un naufragio es una oportunidad. Si mirás alguno de los ranchos más antiguos de por acá, probablemente veás que han sido construidos con tablones de barcos naufragados. Lo que la mar da, nadie te lo quita. En los días siguientes al accidente, los arenales se llenaban de carretas y personas venidas al olor de conseguir productos, fuesen los que fuesen, desde enseres propios de la nave hasta la plata de la caja fuerte o el cargamento. Todo vale. Una semana y el barco queda pelado. En este caso, el cargamento algo ocultaba y los propietarios decidieron contratar como vigilante del barco a “El Bonito”, el mejor de los saqueadores que tenía fama de corajudo y era respetado por los demás oportunistas de ribera. La carga fue descargada y llevada hasta Montevideo. Parecía que aligeraban su peso para reflotarlo, pero lejos de ello, el barco día a día se enterraba más. Y mantuvieron la vigilancia con el “El Bonito”. Durante un año le pagaron un sueldo y le construyeron un modesto rancho que debía estar por acá, por donde estamos sentados. Siendo quien era el vigilante, el barco fue respetado por los lugareños, sobre todo –señalándole a un pueblo que está al oriente del Polonio- por los de Valizas. Algunos dicen que el “El Bonito” cobró durante tres años. Puede. Lo curioso es que el hombre se aquerenció de tal manera con el Don Guillermo que se mantuvo firme vigilándolo durante 30 años, viendo cómo irremediablemente se iba haciendo pedazos. En el rancho, que era muy humilde, yo he visto fotografías, tenía algunas cosas rescatadas del Don Guillermo. Eran más sentimentales que de valor. Y el hombre estuvo hasta 1985. Se convirtió en el personaje del Polonio porque, a esa altura del partido, ya venían muchos turistas y se estaba construyendo esa leyenda de lugar de naufragios, sin luz ni agua, lleno de lobos marinos… ¿Te imaginás vivir treinta años cuidando de un barco que ni a los propietarios les interesa? ¡Treinta años viendo como se va desintegrando! ¡Treinta años solo junto a un barco! Supongo que el “El Bonito” le hablaría, lo tocaría… Es un misterio. Y no se murió junto al barco que sería el colofón perfecto a su historia. Un buen día, el “El Bonito” se fue y vivió diez años más en Valizas. Nunca habló del tema. Durante los treinta años que pasó junto al Don Guillermo se había generado una red solidaria y, según tengo entendido, nunca le falto comida ni yerba. Cuando se fue, dejó el rancho abierto y una nota para que los visitantes dejasen comida. Una especie de refugio, de esos de alta montaña, donde cualquiera puede utilizarlo si lo necesita. Y también duró una punta de años hasta que uno de los temporales habituales de invierno lo destrozó. Y como son las cosas en estos parajes de arenas, restingas y naufragios, los lugareños cerraron un episodio de vida y muerte con la naturalidad de sus antepasados. Yo creo que si le preguntamos a los más jóvenes, nadie conoce la historia de  “El Bonito” y los más veteranos no exclamarán al contarla. Los de ciudad, como vos y yo, sí”.

Comemos en el Polonio y como siempre me pongo pesado con los asuntos del océano. Le agradezco la compañía aunque en realidad esté solo. Te das cuenta cuando aburrís con tus historias y durante el almuerzo me he dedicado a narrar cuantas imprudencias he conocido en la mar. Batallitas mezcladas con libros de literatura juvenil. Hay poca gente en el parador. Hilvanando cuentos,  tomando güisqui y de vez en cuando una visita al baño para meternos unas rayas. Y ni con esas, Micaela habla. Algo sonríe y lo acompaña con un elocuente “eres un cuentista, te lo estás inventando…”

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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