Vuelta y vuelta

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Cada vez que nos recuerdo, veo tu espalda iluminada por la noche llena de relatos  escribir con mis dedos, o bajo la ducha eterna, como papel para garabatearle a tu tatuaje trepador paisajes de arboles frondosos, de camino zigzagueante y de viñedos desnudos como trincheras en la ladera de un río. Diarias a doble cara. Tu espalda provocadora de impulsos, encuentros, deseos. Tu espalda revelada.

Somos cuerpos de una sola cara. El descarte es cultural. Seres binarios de claros y oscuros, de blancos y negros, de sucio y limpio, de cara y dorso. Nos atemoriza entendernos como un todo. Y la espalda, es una cordillera que desciende a lo prohibido, es un pecado ancestral y, sin embargo, ajena, es un milagro para el placer de recrear historias imposibles.

Nadie conoce al detalle su espalda. No se explora. Ignoramos si se ha llenado de pecas veraniegas, o de manchas que la despiadada biología marca en el calendario, o si los lunares se han vuelto verrugas o, simplemente, como se disipan los surcos de un instante arañado al placer. Los interioristas descartan diseños de espacios donde reflejar nuestros lomos. La excepción: los gloriosos moteles, amueblados o telos, denomínenlos como gusten, que tienen a bien, como inhabitual o transgresor, jugar con los espejos. Y el cenital, pura introducción. Descubrir que el frente tiene dorso es igual de excitante que esperar que se cierre tras de ti la puerta del garaje individual. “Quisiera morirme un día en un telo con vos…” suena la Bersuit y  es difícil sustraerse al reflejo de los cuerpos en el espejo. Buen lugar para una última mirada.

Dar la espalda, lejos de ser considerado un acto íntimo de confianza en el otro, de ofrecer el cuerpo sin atisbar miradas o percibir gestos, de mostrarse libremente vulnerable, es expresado como rechazo, como ocultamiento de un supuesto lado noble: el frontal. La expresión facial y el sexo están en el frente. Y siendo verdad, ¿por qué obviar el lado oculto de nuestra nuca?

La espalda, injustamente, es desaire, olvido, distancia que se fuga, es también, cuando está mojada, migrante, ilegalidad y, finalmente, es soporte para sufrir tormentos, condenas a cargar, soportar; es aguante. Es tan mala nuestra espalda que el colectivo la sitúa como el lado opuesto a la realidad. Y es, por esa rara concepción de la estética post mortem, la pieza del cuerpo que escogieron aquellos uruguayos estrellados en los Andes para alimentarse de sus muertos. Sólo somos conscientes de su existencia cuando se curva, cuando el día a día nos agacha la cabeza. Entonces, somos jorobados. Y en ese momento, reconocida como parte de nuestro cuerpo, la maldecimos.

Desde hace unos años, la espalda se ha convertido en un lienzo perfecto para expresarse con tatuajes. Por fin cobra vida, se vuelve seña de identidad y, a falta de ojos en la nuca, es un regalo para los otros. Y es de agradecer. Ya somos: vuelta y vuelta.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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