La isla de las separadas

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Existen paisajes que te parten la diaria. Bajás del avión y ahí está, pétreo, árido, yermo. Necesitas unas cuantas cervezas para enfrentarlo y, de repente, estás subyugado por sus volcanes vigilantes, estratégicamente dispuestos como rocas sagradas, por su metralla dispersa al azar, por sus minados paisajes que advierten no ser humanizados. El horizonte educado queda a tu espalda. Y sos consciente de ello cuando recién se pasa la resaca. Es la costa norteafricana. La atlántica. Una isla.

Junto a vos, bajan varios milenios de vidas. Tienen la certeza que Europa llega hasta estás latitudes y que África solo es el paisaje. También la encuentran en otras islas del Índico y Pacífico. Surrealismo que los tranquiliza. Se dispersan por la isla para secar la humedad de sus huesos y enrojecer sus blancas pieles. Probablemente la mayoría solo consigan una jaula de sol llena de alcohol, souvenires de baratijas y una camiseta con el topónimo. Y está bueno. Algunos otros, se sentarán frente al mar aun con sus ropas de urbanas de Leeds, Manchester o Finsbury Park preguntándose por qué el pub de sus rutinas no tiene una sucursal en esa playa. Y está bueno. Cervezas con patas mojadas, cockney en familia. Y hay otras.

La arquitectura es sencilla. Los vientos constantes del Atlas y el desierto, mandan. Urbanismo desnudo, sin aglomeraciones, sin entubar los cristales de la arena que, en sus rincones, es invasora. El conjunto se camufla dejando claro lo que es de la mar y lo que emergió como tierra. Caldera o cono, enagua de volcán sembrada de negras y afiladas rocas basálticas. Munición para protestas callejeras dispuestas como una partida de dados; inmóviles durante miles de años. Espacios abiertos como el océano conquistados por bereberes en movimiento. Pueblo amable y sobrio. Amaestradores del tiempo, libertos de la agricultura, marineros del día y anfitriones sin muchas preguntas. Están olvidados y por ello, a salvo. Y aunque ya, formalmente, son los menos, el paisaje doma cualquier colonialismo europeo transformando a las personas. Las nuevas isleñas. Y hay otras, pero no interesan.

Ser parte de la isla no admite determinismos. Las que buscan se desesperan. También las inducidas, las que compran religiones. Duran poco, dicen las otras. Ser parte en la diaria es química carente de explicación. Una adición adictiva, eso creo. Y la isla se vuelve detonante de todas las mierdas que se acumulan como carga. Te desnuda. Y por ahí te das cuenta que sos parte de lo inhóspito. Detrás de cada una de estas personas hay un denominador común: el encuentro por azar que conduce a la ruptura del compromiso. Vine, la conocí; volví, me separé; regresé y me quedé, suelen decir. Ni es oportuno ni interesa saber lo que se deja atrás. Ni la procedencia. Se está en la isla y aunque los años se agolpen parece un proyecto nuevo. Vital. Otra vez. Nadie cuenta quién fue. Se olvida. Y  si preguntan por su estado, responden: separadas.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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