Salsipuedes

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Tendemos a creer que somos conscientes del sentir de las personas o colectivos excluidos. Desde nuestro parador escribimos y conversamos sobre la injusticia de tal o cual situación que nos rodea en lo próximo y globalmente. Nos dirigimos a ellos desde la certeza de nuestra ideología, de nuestras creencias. Rara vez aceptamos y menos respetamos sus cosmogonías. Son personas pasivas en los consejos de administración de los cuarteles generales donde se decide sobre cómo se debe vivir, sobrevivir, agonizar y, también, morir. La construcción del nosotros se convierte en lo nuestro, en la inoculación de nuestro modelo y rara vez en la cohabitación armónica de las diferentes percepciones de lo común. El mapamundi, estirado sobre una mesa, sólo admite un orden. Somos como el niño que una vez troceada la torta, marca con su dedo índice cada porción al ritmo de “mío, mío, mío”.

El 11 de abril se cumplieron 187 años de la matanza de Salsipuedes. Nombre ad hoc para el mayor acto genocida vivido en el territorio de la Banda Oriental, ya República Oriental del Uruguay. Allá, bajo el pretexto civilizatorio de imponer el orden frente al caos, de la legalidad frente al bandidaje, el infausto primer presidente de la reciente república, Fructuoso Rivera, diseñó una trampa para el aniquilamiento de la población charrúa.

De gurises estudiábamos las grandezas de Rivera (docto él. Sobrecargado en su atuendo, a mi entender), y el aporte de los charrúas del lado de los españoles buenos contra los españoles malos o de los argentinos contra los españoles o de los argentinos contra los brasileros o de los españoles contra los brasileros, que también fueron portugueses y contra ellos también pelearon. Y contra los ingleses, cómo no. Hacíamos la salvedad, casi folclórica, del episodio de canibalismo contra Juan Díaz de Solís y los suyos, enlatados ellos en sus corazas en aquel primer encuentro de mil cinco dieciseis. Pero, mala suerte, fueron guaraníes pescadores errantes y no los charrúas los que defendieron su suelo patrio (concepto éste que no iba más allá de la eventualidad de una zona de caza, pesca y recolección). Y ya no hablemos de guenoas, minuanes, bohanes, arachanes, guayanás o yaros que están en los mapas escolares como carpinchos o palmeras de butiá. Atrezzo. Puro atrezzo.

Para nuestra contrariedad, éramos la Suiza de América. Sin indios, indígenas, amerindios u originarios que es, lo reconozco, el término que más utilizo. Cómo los suizos, digo. Sin embargo, la carnavalesca prosa de mis colegas de antaño y, cómo no, de historiadores de oficialidades discursivas, se buscó señas de identidad para la conducta de unos pobladores rodeados de dos gigantes. Perfil bajo sí, pero “garra charrúa” (ya es tarde para modificarlo como garra guaraní). Los episodios contra el virreinato y el imperio luso brasilero no se entienden sin el aporte de los pueblos originarios. Tampoco sin perros cimarrones, ¡vaya equiparación!

Más allá del XVIII y primeros del XIX, hasta Salsipuedes, el silencio es visible. La población aceptó que la raíz de su árbol genealógico era tan superficial como que el eslabón perdido se hallaba en el gaucho. Las oleadas de migrantes impusieron sus apellidos con la carga que conllevan. Descendientes de barcos. El paroxismo surrealista lleva a identificar y ubicar certeramente a una comunidad rusa, como la de San Javier, antes que a los originarios. Asuntos de urbanismo.

La verdad de la milanesa es que, de una u otra forma, los descendientes de los librados de Salsipuedes estaban en nuestra diaria. Humillados, aculturizados o ignorantes de su ascendencia. La exclusión cuando es brisa sibilina es dura. Pero estaban en la calle o en el ómnibus. Y no es tarde, aunque lo parezca, de reconocer su presencia y alimentarnos de lo poco que les queda de su cultura. Y no agarrarlos como bandera, aunque sí con el respeto a su espacio que una vez, en Salsipuedes, el genocida Rivera creyó solventar.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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