El retrovisor

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Se dieron un abrazo eterno para sentir su piel latente. El viejo acarició la cabeza pelona de su gurí y bajaron en el ascensor escondiéndose la mirada. Un auto lo esperaba para llevarlo al aeropuerto. Esta vez, el beso fue breve. Un casi hasta luego. El gurí puso la pelota en el piso para patearla contra la pared de la casa. Hubo un chau con la mano y el auto arrancó. Por el retrovisor, el viejo lo vio, cabeza baja, pegándole sin ganas a la guinda. A los dos se le llenaron los ojos de lágrimas y nunca lo dijeron. Ni el auto se detuvo ni el gurí corrió para un último adiós como ocurren en la ficción de las películas. De la migración habían hablado en la comida. La distancia normalizada. Verse por una pantalla. Una pantalla sin pellizcos ni olores, sin sudores ni tactos. Buscarse la vida lejos para que sea posible la que se queda. Incomprensible para los que viven en la comodidad y, sin embargo, una escena demasiado cotidiana. Real para los infectados de malaria. La que viene y se va. Y vuelve. Y es esperada. Presentida. La que está latente en el cuerpo. Que a veces engaña con su aparente curación y entonces todo se vuelve planes y deseos, proyectos vitales y, aparentemente, sustentables. Hasta que vuelve la fiebre que es oscuridad, temblor, angustia. En el mundo la malaria es epidemia. No la que combatió Patarroyo en desigual pelea contra los laboratorios y sus patentes. La otra, la que nos acompaña desde el neolítico con su sedentarismo y las poblaciones sobrantes. Los oasis terrenales son islas en el océano. La separación, cuando se tienen nueve años, es un abandono. Se cierra el paraguas que le protege de los miedos, al que se copia en los gestos, con el que se alardea en conversaciones de descubrimiento infantil.

Al viejo le acompaña el retrovisor por los mares que está a punto de cruzar. Hay seres condenados a migrar en cada generación. Nómadas sin caravanas. Le viene a la mente cuando su viejo, el abuelo, aparecía sorpresivamente con su valija chiquita en sus partidos de baby fútbol. ¡Qué alegría! Nunca avisaba de su llegada. Simplemente estaba. Y le reconocía la voz cuando puteaba. Y ahí, miraba para el costado, y lo veía con su figura gastada de trabajos agotadores y lejanos, pero con la sonrisa fresca por el reencuentro. Del puerto a la cancha. De repente, la vida volvía a fluir como si nunca hubiese marchado. Otras crisis, otros años, otros lugares. ¡Qué más da los lugares! Las crisis son todas iguales. Unos pocos saqueadores y muchos perdedores con las valijas listas. Son las reglas del juego. El viejo nunca le preguntó al suyo si también tenía un retrovisor que lo atormentaba. Y aun sabiendo la angustia del gurí, también partió.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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