Harina de pescado

gransol-5

La chatarra se hace a la mar. Una bandada de gaviotas sigue su pestilente estela. De espaldas al faro, la tripulación trinca lo que la prisa por abandonar puerto dejó suelto: estachas, cables, defensas, provisiones y bidones de aceite. Ni despedidas ni reencuentros. Dos días de travesía al caladero con revoluciones cansinas y machacon repiqueteo. Es el único momento donde se intercambian conversaciones. Las tripulaciones suelen ser del mismo pueblo. Se repasa la breve parada en puerto. La casa. La leira. El bar para jugar la partida de tute cabrón. El sexo esporádico de cuerpos maltrechos y la eyaculación dolorosa. Fisiología mecánica, sin deseos ocultos. Sería imposible volver a la mar si afloracen los sentimientos. Los cigarrillos húmedos, sin sabor, pegados a los labios curtidos de salitre y escamas inundan el comedor y los camarotes.

Cuando suena el timbre para el primer lance, se hace lo que sabe, lo que fue aprendido, lo que se asume como único destino. Se abre la puerta a la cubierta y sus paisajes conocidos entran en las retinas. No hay ni riscos ni sugerentes playas, tampoco puertos marineros que son postales para quienes no los viven. Menos acantilados de película donde tirar a la mierda una Vespa de espejitos mientras suenan los Who. La mar es tragadora. Intensa. Reclamadora. Arrebatadora. Su paisaje son olas con vetas blancas de espuma salada. Olas musculosas, muros agua. Negras, azules y grises. Ellas determinan el horizonte, a veces tan próximo que se toca y otras, tan plano como la Pampa. Las olas son espectadoras del saqueo, no intimidan aunque se cobren las vidas de muchos. Son vidas que valen menos que los peces que ocultan. Y ahí está la pelea bajo un cielo celeste aburrido, o gris amenazante y, siempre, negro cavernario. Cuando se sale a cubierta, se pierde la noción del tiempo.

Los marineros en el arrastre son parte de la chatarra, son el ¡mecagoendios! eterno. Blasfemar para impulsar. Blasfemar para estrobar. Para palear pescado muerto a la mar. Blasfemar como interjección. Sobre un nido de serpientes de acero que sujetan los aparejos, dispuestas a enganchar la bota y arrastrarte hacia el fondo. Blasfemar para comer y en los pocos ratos de sueño. Y hacen bien porque son devotos y por adquieren el derecho de tratar a su dios como les de la gana. En la mar no hay experiencia. Mismos protagonistas y escenarios cambiantes. La muerte es paciente. Y cuando llega es apenas un instante. Las múltiples capas de ropa de algodón, franela o lana y su cáscara, la de plástico de aguas, unido a las botas de goma hasta la ingle, son el lastre adecuado. Y el cigarrillo pegado en la boca. Hay que morir fumando. Pescar es una trama y el desenlace apenas un párrafo de tres líneas. A veces, solo a veces, se vuelve. La suerte. Y vuelta al trabajo. Y si no, son escasos segundos mientras se aleja de las luces de cubierta hacia la profundidad oscura del océano tragando agua hasta quedarse dormido. Son segundos, no más.

Los chatarreros del arrastre, con el cuerpo lleno de escamas, son humanos de sentidos atrofiados. A la mierda los poetas orilleros, los escribas de discursos, los cronistas vendedores de épicas genéticas y edulcorados realizadores. Es sencillo. No es romántico. Carece de discurso. Hacerlo rompe con la esclavitud de quienes van a la mar. Está bien, eso no interesa. Es mejor el discurso para los aprendices de la nada. ¿Alguien se preguntó por las horas de trabajo? ¿Alguien se preocupó? Y están los abombados que repiten: “por eso el pescado es caro”. Será porque se la lleva el armador, el amo, el patrón, el esclavista. Los chatarreros solo se llevan monedas y la parte.

El hedor de pescado muerto, eviscerado y salino se mezcla con el sudor ácido y la roña de vivir permanentemente vestidos. Quince humanos apestosos. No olfato. Capas de piel muerta acorazan las manos. Se podrían pelar a navaja. Solo los guantes de lana salvaguardan no raspar a los peces más delicados, aún vivos, esperando para sentir el cuchillo en su panza. No tacto. La necesidad de descansar un par de horas entre lance y lance, el humo vuelto vaho de nicotina, la pasta que se forma en la boca, desvirtúan los sabores de la pesca. Hay que tragar. Y rápido. Tragar para no desfallecer. Cualquier bazofia se engulle. No gusto. Y al catre sucio, con rastro de babas, sudor y grasa propia y otros de anteriores campañas. Sin pausa, sin ese cigarrillo evocador que parece estar en las miradas de otros. No vista. Porque el tiempo hace falta para desmayarse y esperar el timbre que suena a bocina de auto de los setenta. Y el ruido de la mar carece de importancia. Esté como esté, se saldrá a cubierta para hacer la maniobra. No oído.

Si la marea no tiene incidentes, el trabajo será de cinco horas y después dos de comida, váter y sueño. Noche y día. Veinte días. Por el contrario, cuando la chatarra se estropea o el aparejo se engancha y rompe, los seres que dan la espalda al mundo trabajan sin cesar. Doce, quince horas, un día o lo que haga falta. Nadie protesta. Los ojos se cierran, los músculos se acalambran y los huesos, ya cartílagos de tanta mar, duelen. Nadie protesta. La falta de estima por lo propio se lleva con socarronería, con el comentario de lo burro que puede llegar a ser un patrón. Y, sin embargo, nadie protesta. Es difícil ver un motín en una chatarra que pesca. Solo la extrema crueldad de un potero taiwanés termina en sangre. O en suicidio. Valen menos que los perros que llevan a bordo para comérselos.

Sin haber estado en esos caladeros paradisíacos que los de tierra avizoran desde sus faros, regresan a puerto. Por fin se lavan pinturas y cuerpos. Se calcula que una parte de la plata ganada se ahorrará para la muerte. Seres raros los humanos que ahorran para cuando estén muertos. La chatarra tiene prisa, hay que vender lo que guardan sus bodegas. Eso ha dicho el armador que con su calculadora y maldiciendo la holgazanería y el desagradecimiento de los tripulantes, quizás, le hagan perder unas monedas. Y de espaldas al mismo faro se entra en el muelle. Convertidos, cada día más, en harina de pescado.

Anuncios

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s