¿Cola de león o cabeza de ratón?

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De gurí jugábamos luchando. Entreverados hasta la rendición mediamos nuestra fuerza. Primos, amigos, hermanos y viejos. Al igual que marcábamos la madera de la puerta para ver nuestro crecimiento, luchar nos iba situando en esos escalafones de la niñez. No era como la cortada para la salida de la escuela y una pelea a trompadas. Era un juego que, si bien muchas veces lastimaba, no guardaba rencores. Reglas de otros tiempos. U otros lugares. Y siempre una revancha.

Al viejo le rompía las pelotas cuando lo agarraba descansando. Le hacía llaves de lucha grecorromana por la espalda, aprendidas en la televisión con aquellos “Titanes en el ring”. Me colgaba de su cuello al ritmo de algún jingle de superhéroe. Y el viejo se lo bancaba con la resignación de ser parte de la culpa de mi existencia. Y yo me crecía porque sabía que en cualquier momento él reaccionaría y, ¡chau! a la victoria soñada. Se dejaba caer sobre la alfombra, rodábamos y, ¡zas! su pie me aprisionaba contra el suelo a la espera de su inquietante y definitiva frase: “¿qué sos: cola de león o cabeza de ratón?”

Desde abajo, en el piso, su metro setenta y pico era impresionante. En unos segundos, y sintiendo la opresión de sus ochenta kilos, exclamaba aún no derrotado: “¡cola de león!”. Su risa me descolocaba y volviendo sobre mis palabras, retrucaba: “¡cabeza de ratón!”. Él soltaba una carcajada, “¿ratón?”, no, protestaba yo, “¡león!”. Alguna vez me salvaba la vieja que desde el fondo de algún sitio lo rezongaba con su acento español, “¡deja al niño!” y las aguas volvían a su cauce.

Solo una vez le pregunté al viejo sobre si era mejor ser cola de león o cabeza de ratón y él me respondió: “eso tendrás que averiguarlo vos solo”.  Y me he pasado como cuarenta años averiguándolo, cuando no, viviéndolo. En aquel momento me pareció mucho más digno ser parte de un león, aunque tan solo fuese la cola que sólo sirve para espantar moscas, que de un ratón, aunque fuese la cabeza de un animal que sabía y reconocía, inteligente. León: reinado, grandeza, belleza, dominio, porte, imposición, respeto, sabana, imagen. Ratón: caño, pequeñez, nocturnidad, exclusión, suciedad, enfermedad, repulsa. Percepciones de la infancia sin edad.

Primera migración

Y contrariamente a mis deseos imaginados, la juventud y mi primera migración sobre el profundo océano estuvieron marcadas por mi insospechada cabeza de ratón. Las dictaduras lejos de espantar moscas con la cola, son usinas de ratones que buscan caminos imposibles para crecer por los muros de las casas. Y las circunstancias estaban dadas. Habían referentes, personas que hacían, que peleaban, que creaban, que morían, que desaparecían, que protestaban, que amaban, irreductibles, voladores, constructores de castillos en el aire que es el único lugar donde deben estar. Sin querer, el león se volvió piedra para grafitear, su dominio motivo para voltear, su poder aliciente para desbancar. Años que se acumularon y ninguno igual. Años de conocimiento, descubrimiento, de no ser parte de una esfinge y sí de una camada de ratones, de la peste.

Segunda migración

Volverte parte del león es sibilino. Becario, junior, senior. Casa, auto, pareja. Viajar lo menos estúpidamente posible. Y en cada previa del sueño, el ratón. Despertar otra vez siendo cola o cuartos traseros o delanteros, o melena. Da igual. Nunca cabeza, solo respuesta al estimulo. Y todo bien, sos. Una mierda pero sos. Y aquello que percibía sobre el león, se da. En alguna medida, se da. Así que vas programado, entretenido, sin necesidad de pensarla. Y tenes hijos. Claro, está en el contrato social. Cierto, hay momentos de pánico pero nada que un buen vino con una cena no pueda remediar. Vas pasando hojas al pedo, sacando moscas sin entender que solo quieren morderte para espabilarte. Y aunque el discurso sea correcto para la sobremesa, está tan distante como el león en la sabana. Y probablemente, pese al harén de leonas, igual de solitario. Pobre león, rey de un territorio sin gracia.

Tercera migración

Solo a veces el destino juega a tu favor. Unas manos, un cuerpo, te vuelven ratón. Y resulta que también podes ser único. ¿Único? Te parece imposible volver a sentirte a vos mismo y volver al caño que es un medio no la ratonera. Se mueve el piso. Y vuelta a empezar. No es fortuito. Mi tercera migración tiene tripas y corazón. Y nombre. Una macana no haberla encontrado antes. Y haberla perdido tan rápido. Cosas. Y ahora que soy veterano, lejos de la comodidad del lomo de león, o la colita que es la realidad de quienes se creen estar cerca de su cuello o en su cabeza, encontré la respuesta a mi pregunta que mi viejo nunca me explicó: soy cabeza de ratón. Un anormal cabeza de ratón.

Siguiente migración

Ratón. Mote cariñoso a un gurí. Y tengo dos ratones para meterle la curiosidad.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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