El mozo del Hispano

 

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Ventura Malvino baja del taxímetro en Requena y Rivera. La calle es una caverna de plátanos inmensos que ocultan algunos edificios insolentes, de arquitecturas eclécticas  abandonadas en los cincuenta. Disfrutaba esas calles que por suerte eran muchas y con especial tino, las del Cordón. Las calles arboladas eran los paisajes más añorados cuando deambulaba por las desnudas y petrificadas urbes de las tierras del Norte. Prende un pucho y observa como las raíces habían ganado la superficie rompiendo trozos de baldosas de la vereda. Recuerda la perspicacia de La Flaca que al rato de caminar por su Montevideo desconocido le había espetado con su profundo acento gallego, “complicado lo tienen los discapacitados para andar”. Se ríe recordando su improvisada respuesta acerca de los hábitats donde se crece. Comprueba el número que Del Río le había anotado unos meses antes en Londres. Lo ubicó entre dos puertas. Un edificio chorizo con un pasillo largo que se extiende hacia el centro de la manzana desparramando apartamentos a diestra y siniestra. Visto cenitalmente, es como un árbol con sus ramas recién podadas. Apartamentos chicos y oscuros creados para aprovechar el espacio cuando la proximidad al centro era una necesidad.

Pasan varios minutos hasta que unas chancletas arrastradas responden a su timbrazo. Una muchacha, bebé en brazos, le pregunta displicente qué se le ofrece. Ventura Malvino le dice que busca a Modesto Del Río. No tiene pinta de cobrador, ni de vendedor de biblias. Ninguno de ellos fuma cuando se abren las puertas de las victimas. Con la cabeza le invita a pasar. El gurí tiene unos enormes ojos negros que lo examinan. Tras las chancletas, con bebé en brazos, se interna por el pasillo. Espera en la puerta del apartamento. Modesto duerme la noche de trabajo. Cinco minutos que aprovecha para fumar otro cigarrillo oliendo los Primus que terminan de cocinar el almuerzo. Modesto sale en camiseta y con cara de sueño. Es la mitad que la mujer de las chancletas. Su cara es igual a la de su hermano.

La casa está justamente revuelta. Tienen cosas más importantes que hacer que disciplinarse en un orden. Un punto a su favor, piensa. Durante buena parte de su vida tropezó con gente de orden y vacío mental. Su Flaca lo redimió. Desde aquellos efímeros momentos liberó la traba del orden. Y era inevitable que se sintiese cómodo con el desorden ajeno. Modesto sacó un whisky. Era la primera vez que recibía a un emisario de su hermano chico. Él de Londres. Él que lo miraba fascinado cuando se marchó de casa. Le había prometido traerlo al Uruguay, a América, y por carta supo que el chiquito se había ido para la tierra de los Leylands. Alguna vez habían intercambiado cartas. Sabía que Francisco había hecho plata. Sabía que su amor estaba intacto. Que primero a él y después al mayor de sus hijos, Richard que vive en San Pablo, los intentó llevar para aquellas inhóspitas tierras. Eso era amor.

Durante un buen rato, Ventura disfrutó del relato de Modesto: brumas, manos callosas que rascaban ternura, boinas tiesas de tierra, paraguas colgando de la nuca, orujos fuertes, ¡qué carallo!, saliva en la boca, chanchos que eran cerdos y antes porcos, su matanza colgados de un gancho chillando el desangre, el jamón, las orejas con pelos, el lacón con amargos grelos y papas, las vampíricas lampreas en su sangre y las corredoiras entre muros de piedras que delimitan las leiras. Un mundo fácil de imaginar para Ventura que le añade la visión de los zocos, delantales, ropas enlutadas y prematuras arrugas.

Pizza con muzzarella y fainá recalentadas, cuadraditos de un queso Colonia y palitos salados para retardar la hoguera que el Mac Pay provoca en las tripas.

Ventura Malvino le cuenta el encargo de Francisco: él y su familia podrían vivir en Londres trabajando en su lavandería. Los gastos, casa incluida en Shepherd’s Bush cerca de la de su hermano, correrían a su cargo.

Modesto sirve otra ronda de amarillo para paladear la noticia y llama a su “Negra” que bajo el quicio de la puerta de la cocina, bebé en brazos, muestra total indiferencia. Durante un buen rato el living es una tumba. “Así qué vos trabajaste con él. Y, decíme, ¿cómo le va?” Ventura le enumera los bienes de Francisco: lavandería, casa, auto, mujer e hijo. Es como no decir nada pero también es la medida en la que intercambiamos información sin arriesgar el enjuiciamiento. De la lavandería le cuenta sobre las máquinas y el número de empleados, su especialización en restaurantes asiáticos e italianos que nadie quiere porque huelen a especias y carbonara. De la casa, le dice que tiene un patio chiquito al fondo, una larga escalera hacia primera planta, que está cerca del centro, que es un barrio de migrantes consolidado, a media cuadra de la cancha de Queen´s Park Ranger, un cuadrito del medio de la tabla. Del auto que es una camioneta comprada 0 km. De la mujer que es buena tipa, gallega, del sur, de la frontera con Portugal. Y del hijo, que estudia lindo, que tiene futuro. También le cuenta que Londres es grande, casi como Buenos Aires. Que el idioma no importa porque hay mucho gallego.

Modesto está dispuesto a que la medida del whisky llore; deformación profesional.  Le pregunta si su hermano es feliz y, si lo es, a qué viene que los quiera llevar. Ventura no tiene ni idea sobre la felicidad de Francisco y solo atisba a describir las rutinas de su amigo: “es un tipo jovial, nacido para el laburo. A las seis de la mañana ya está danzando con su camioneta. La lavandería es Wooking, a dos horas de su casa. Y no para. La gente lo quiere bien aunque tiene su carácter. Se hizo un hueco con la mafia china. Para arriba y para abajo con bolsas llenas de ropa sucia y firmando contratos. Tiene seis choferes y más de treinta empleados que son de medio mundo. Un buen tipo. Conmigo se portó bien. Cierto que yo arrimo el hombro. Y así vive, siete días a la semana porque los restaurantes no cierran. De seis a nueve de la noche. Le va fenómeno. Ya se compró una casa en España, en la aldea de su esposa.” Una vida de mierda cuando se relata, advierte Ventura.

“Decíle qué no, gracias. Vos no sabes lo que significa ser mozo en el Hispano. Mirá, cuando llegué al día siguiente estaba laburando en la pizzería de Domínguez en Paso Molino. De ayudante de ayudante, te podés imaginar. Colocando casilleros de cerveza en la heladera. Pero por ahí le fui agarrando la mano al negocio. Estuve en el Manchester, laburé en una panadería, La Coruñesa que está al lado del Hispano y aunque tuve ocasión, nunca agarré parte en una sociedad. Me gustaba la farra. Y acá, bueno, ya lo sabés, la noche es eterna. Digo, me casé, tuve tres hijos y enviudé. Richard está en San Pablo trabajando en una Casa de Cambio de un cliente del Hispano. Vos sabés que las casas de cambio son quienes manejan la economía. Todo pasa por ellas, lo bueno y lo invisible. Richard tiene un futuro prometedor. Graciela es química. ¡Te lo podés creer! Digo, ya me hizo abuelo y más o menos la va pasando. Y Walter, el más chico, anda medio entreverado con la música y la política y una gurisa qué es una linda muchacha. Y yo, con mi negra, que tiene la edad del Richard y que es un espectáculo de persona y Maikol, el Del Río más chiquito de la familia. Digo, no tiro manteca al techo, pero me da para que bajemos a la rambla a tomar unos mates, alguna vez un asadito y, está mal qué lo diga, para coger mejor que cuando era un guacho. Y todo, por ser mozo en el Hispano. Vos tenés que entender que no cualquiera llega a serlo. Hay que tener oficio. Ya no es lo que era pero por el Hispano pasan doctores, diputados, médicos famosos, jugadores de fútbol, murgueros, chorros y financistas. El copetín del Hispano con sus veinte platitos es una institución. Y yo hago que llore la medida. Y a mí se me respeta. Alguna vez hasta opino cuando se me pregunta. Porque un buen mozo habla lo justo y guarda lo que ve o escucha. Ya se sientan en mis mesas y las propinas son buenas. No cualquiera puede ser mozo de un buen boliche. Fijáte vos que ya me ofrecieron un platal por mi puesto y nunca lo he vendido. Además me gusta la noche. Hasta las dos de la mañana y en verano, hasta que se marcha el último mamado. Lo tengo todo, nada me hace falta. Y mi hermano y yo, después de treinta y pico años somos unos extraños. ¡Ojo al gol!, somos familia y lo quiero pero no pienso en él ni en su familia. Tampoco en los otros ni tan siquiera en Órdenes. Ta´, de vez en cuando como hoy pero es un capítulo pasado. Lo juré en el Monte Umbe cuando zarpó de Coruña. Esa vida ya fue. Hubo un tiempo, recién llegado, que iba a las romerías de Cambadu. Demasiada morriña que no era para mí. Yo soy un mozo del Hispano.”

Ventura Malvino hace un amago de hablar sobre las oportunidades que Londres podría ofrecerle a sus hijos. Solo un amago porque es incapaz de rebatirle su felicidad. Cuando bajó del taxi sentía que era portador de excelentes noticias: que un hermano bien situado le ofrezca sacarlo de su apartamento de cuarenta metros cuadrados, del promocionarlo a un supuesto nuevo estatus de vida, de arrancarlo del 34º Sur para llevarlo a la centralidad del tiempo, que el idioma, que el auto… La mujer entra en el living, sin hijo en brazos, y lo abraza distendida, mimosa de las caricias que intercambian y mirando a Ventura como a un amigo se le escapa “yo me casé con mi gallego porque es mozo del Hispano”.

afuera

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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