Normalmente, anormal / un amigo pelotudo

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Pepita, la maestra de segundo año de la escuela, viajó a París y nos trajo a cada uno una lapicera. ¡Una lapicera de París! Estaba lejos aquella ciudad con una torre esquelética desde donde ver todo el mundo. Su tinta azul era más azul que nuestras biromes. Se deslizaba dejando una estela en nuestros cuadernos de anchos renglones. La tuve años a punto de agotarla, respetándole su último aliento de lapicera. La guardaba con mis matchbox; autitos europeos extraños y simpáticos. Eran tan raros que los quería. Ingleses, franceses, italianos y alemanes. Raros. Bajo la mesa del living trazaba recorridos alpinos radiados con los relatos de viaje de la abuela. La abuela y sus cuadernos de viaje. La abuela y su Mozart. Yo prefería al sordo de Beethoven que, lo imaginaba iracundo por no oír un corno y esa mirada cruzada que ilustraba sus discos.  Me agradaba el sordo. Era el más divertido de mis soporíficas mañanas de domingo en el Sodre con las Juventudes Musicales. Solo a una tarada como mi hermana le podía gustar y, sin embargo, allá marchaba con ella en vez de estar en la cancha con mi viejo gritando por Racing. Y no era lo peor porque durante la semana, había que estudiar inglés en el Whitaker, francés con René y alemán con Nora, bueno, suizo. El norte lo tenía hasta en la sopa. Y un día me largué. Me lo recordó un amigo pelotudo que aún guarda uno de los ceniceros expropiados al barco. Llovía mucho y en el puerto, mis querencias, me hacían el aguante. Todo el mundo lloraba. Yo estaba en la popa. No lloraba. En público. Soy del barrio Sur y era un guacho. Y la orquesta del barco tocaba la “Marcha sobre el río Kwai”. El barco era italiano. Zarpamos tan lento que me costó dejar atrás la angustia de los gritos. Cuando sobrepasamos la escollera Sarandí, el silencio. Allá estaba mi barrio durmiendo el domingo y mirando al mar. Ni se enteraron que me largaba. Y en algún momento de la travesía descubrí que las cosas del norte eran eso, cosas. Lindas cosas. Algunas raras. Sólo cosas. Que mi vida era sur. Pese a todo seguí aunque nunca encontré el norte. Y todavía lo estoy buscando. Pero el océano es muy grande y, por lo menos, lo conozco.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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