El mueble

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Abierto 24 horas, todos los días del año. Las mañanas para quien va más allá del trabajo, los mediodías de promesas mentirosas, las tardes para los jóvenes que el cine incómoda, las noches para parejas con hijos, padres y animales domésticos a quienes molestan los gemidos y ese morse rítmico de la cama contra la pared. Las madrugadas, apenas un triunfo contra la soledad. El mejor invento balear, mucho más apetitoso que esa masa llamada ensaimada, viajó al Río de la Plata como “mueblé” para hipotecarse en el lunfardo como amueblada, mueble, amoblado o como dicen los porteños, telo. El estado lo sociabilizó como hoteles alojamiento y la guía telefónica le buscó su lugar como “hoteles de alta rotatividad”, sabedora que llamar y reservar era una necesidad los fines de semana. De chico jugaba cerca del Montjuic con mi amigo Guille, otro más que una ola lo emigró al norte. Siempre estábamos a una cuadra, el lugar exacto donde emergía la cabeza de la acompañante furtiva y el auto se volvía biplaza. Nos reíamos especulando el porqué de no ser vistos. De nombres sugerentes, Edén, Paraíso, Kebon,… o señalizando el barrio, como El Goes o el Cordón. Una institución más de la barriada. La primera vez que fui a un amueblado lo hice taxi. Todo un lujo. Y es que el deseo no conoce medio de transporte: se va caminando, en bicicleta, moto, taxi y en auto. La plata no daba para más y nos vaciamos en una estándar. Una estándar pero con su espejo en el techo, como manda el reglamento. Un espejo dónde verse presa y depredador, un reflejo estimulante para fumarse un cigarrillo. El mueble se convirtió en algo habitual. De los más económicos, cerquita del trabajo, a las excepciones con sus habitaciones temáticas. Y al igual que mis viejos, las anécdotas llenan mi memoria con dos, cuatro o seis personas, desde entrar ocultos en el baúl del auto para pagar solo una pareja, hasta encontrarme amigos en hall de espera y preguntar con inocencia “¿qué haces acá? Los moteles de carretera son un invento del Norte que vive la sexualidad transitando de un lugar a otro, escapando. Los amueblados son una parte más del vecindario, el lugar donde uno se desnuda y, quizás, se confiesa.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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