Normalmente, anormal: “todo es mecánica”

abrazados

Ayer la noche estaba media vacía. Es raro porque se supone que ya estamos en velocidad de crucero saliendo de la crisis y el último fin de semana del verano estaba bueno para un paseo nocturno. Pese a que es un tema manido no puedo resistir una mirada hablada en silencio cuando encuentro a una pareja armados cada uno con su smartphone (qué manía corporativista la de word para cambiar por mayúsculas cuando escribo algo de sus colegas programados). La situación para la pareja era: una plaza llena de arboles con infinitas sombras que nos daría pie para leyendas, cuentos o historias vividas, una temperatura agradable y pocas personas paseando. Ellos, viviendo los cincuenta y algo. Dos copas, lo que presagia que calculan una estancia prolongada. Están uno frente al otro. Invisibles pese a que las pantallas iluminan sus rostros. Lucen felices por no tener que hablarse y, vaya uno a saber, por evitar las miradas convocatorias y hasta el roce de sus cuerpos. Quizás, eso ya forme parte de la mecánica automatizada de la convivencia con lugares y horarios reglados y, finales clonados desde la juventud. Quizás, sus teléfonos ya son rutina. Así que los imagino a cada uno en sus mundos de grupos de mensajería de amigos, familiares y compañeros de trabajo, de amigos de amigos, de conocidos de amigos de amigos pero que les gusta un equipo, una ciudad, un artista, la cocina, los coches o la física cuántica. Hacen muecas cuando leen algo gracioso, las redes son pastizales para las ocurrencias, levantan una ceja cuando algo les sorprende, fruncen el ceño cuando las palabras no son apropiadas o la imagen es impactante. Pasan horas, repiten copas, con las narices pegadas al teléfono. Y también escriben y, en ocasiones, sus palabras no se hilan correctamente en el contexto de la plaza arbolada y la copa. El comentario se vuelve insinuación para otra persona que vela su noche a diez mil kilómetros. O al revés. ¡Qué alegría resultar motivo de coqueteo! Y los dedos índices trabajan desplazando los contenidos por la minúscula pantalla. No hay uno en sus vidas, hay cientos o miles que contestan, sobre todo, cuando un personaje famoso cuelga sus dudas existenciales recién escritas por un adolescente community manager. Han pasado más de una hora en el más estricto silencio de su confesionario 2.0. Sus soledades ya no son tales. O eso creen. La receta, dicen, aconseja una visita al país de las maravillas cada cuatro horas. Bueno, la adicción es terrible pero les ayuda a sobrellevar la realidad de una relación en común sin darse cuenta. Al fin y al cabo, todo es mecánica (y suena).

Aviador Dro

Tom Waits

Billy Bragg

Jonathan Richman

Blondie

Pretenders

Jaime Roos

Fabiana Cantilo

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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