Guyunusa Domínguez

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Era un mediodía de septiembre y en el patio de la escuela los familiares esperaban la salida del alumnado. En corrillo o en soledades, todos fijaban la vista a la puerta por donde en tropel debía aparecer la rapazada. Los primeros días de escuela vienen cargados de descubrimientos, encuentros y decepciones. De entre todos los familiares me atrajo la vista una esbelta señora de serena y tallada hermosura, abuela sin duda. Quizás por la contraluz del incipiente otoño que perfilaba su nariz aguileña y le daba a su faz un intenso color a tierra de siena, quizás, por su cuerpo delgado y alto, quizás, por su pelo liso jaspeado de azabache y blanco vivido. Quizás. Me resultó imposible obviar su presencia cuasi totémica en ese enjambre de familiares babeantes. Y lo que es mejor, me condujo a rememorar lecturas de infancia llenas de singularidades a las cuales soñaba conocer en lo que preveía una vida llena de viajes. Guyunusa, que así la nombre instintivamente, abrió la puerta de algo que poco o nada se habla por estos lares: la esclavitud del indígena en la Península Ibérica, su presencia sincrética en la genealogía y, obviamente, los zoos humanos que hasta el siglo XX pululaban en las urbes europeas.

No pretendo ahondar en el debate de la inconclusa Junta de Valladolid de 1550/51 donde De las Casas y De Sepúlveda fueron máximos exponentes de posturas antagónicas sobre los derechos o no que le asistían a los indígenas como personas (como comunidades originarias fueron sometidos al derecho de conquista que conlleva genocidio), ya que mucho antes de la Conquista de América, en Europa ya se practicaba con otros pueblos, igualmente sometidos, la esclavitud, el estudio fisiológico y la exposición pública de estos seres de la naturaleza que por color, habla y, por supuesto, por perdedores eran considerados una rareza, bárbaros o simplemente un anomalía del sumo creador. Los celtas, nombre dado por los griegos, es tan indefinido o inexacto como indios para los pueblos originarios de América.

Digamos que la esclavitud de indígenas americanos la inicio Cristóbal Colón en 1493 cuando trajo “ejemplares” a sus patrocinadores, los Reyes Católicos. De ahí en más, españoles y portugueses iniciaron un continuo trasvase de personas hacia la península que eran convenientemente vendidos y pasaban a engrosar las servidumbres de ambos reinos y fue eclipsada por los “commodities” que supuso la esclavitud de africanos hacia los fértiles territorios de América. Pero la hubo y ahí radica mi esperanza de que aquel encuentro fortuito en el patio de la escuela tuviese esa senda de otro pasado oculto en la vida de quién después supe que se apellidaba Domínguez.

María Micaela Guyunusa, murió en Lyon, Francia, el 22 de julio de 1834. Renombrada como Michella Jougousa Gununusa, vivía en una especie de semi clandestinidad que en la que la había situado Françoise De Curel, un exmilitar francés que había instalado un centro de enseñanza en Montevideo y que fue, con la complicidad del primer gobierno independiente de Uruguay, el artífice del viaje de los llamados últimos charrúas para su exposición a la curiosidad pública en una casa situada en el número 19 de la calle Chaussée-d’Antin en el IX Distrito de París. Junto a ella viajaron obligados el cacique Vaimaca Pirú, que murió según describe el acta de defunción por “enfermedad de melancolía”,  el chamán Senacua Senaqué, que lo hizo con una herida de lanza en el estomago y fue el primero en fallecer  y el joven guerrero Laureano Tacuabé  Martínez, único superviviente y al cual se le pierde la pista bajo sus nuevas identidades de Laurent Tacoubé y Jean Soulassol (en Lyon existe una calle, “Camino del Indio”, que la leyenda explica que:  por allí pasó un indio huyendo con un bebé en brazos). En el envío se incluían también un par de ñandúes, considerados por De Curel tan exóticos como los indígenas y con las mismas consideraciones y derechos.

Guyunusa murió dejando una hija de 10 meses a la que llamó, María Mónica Micaela Igualdad Libertad. Toda una declaración al terror vivido por curiosos callejeros y hurgadores científicos miembros de la Academia de Ciencias de Francia. Ella fue descripta: “con la cabeza elevada en forma prominente, con un tatuaje en la frente de tres rayas azules, menos habilidosa para el juego que Tacuabé y más indolente, con modo de hablar dulce.” En el informe también figura que sabía cantar y se acompañaba tocando su violín. Demasiado dolor y sufrimiento para tan pírrico informe.

Antes de cruzar el océano, embarazada de su Micaela, a la postre el nombre de sus susurros, abrazos y besos por ser el elegido por las madres charrúas para recordar a la mártir peruana Micaela Bastida, Guyunusa había vivido el genocidio de Salsipuedes, vergonzoso episodio de una República que daba sus primeros pasos, los 300 kilómetros a pie para su cautiverio en Montevideo y por fin, el viaje a Francia.

Llegó a Saint-Malo, Francia, el 7 de mayo de 1833, tras setenta días en el barco esclavista de nombre Phaeton. Su presencia en París se publicitó con la impresión de un folleto que anunciaba: “…cuatro individuos que ofrecen vivientes modelos de la construcción física y los caracteres morales[…] Ellos representan los verdaderos tipos de la tercera raza de hombres, la raza cobriza”. A cinco francos la entrada, el negocio fue ruinoso y ante las penosas condiciones en las que eran expuestos se decretó su renvío a Montevideo, que fue eludida por De Curel llevándolos a la clandestinidad y posteriormente vendidos a un circo.

De esos espantosos catorce meses en tierras francesas, solo está documentada la fortaleza de su maternidad. Ninguna pregunta ni cuestionamiento a lo que se siente bajo la mirada del otro, a la escenificación de un supuesto salvajismo natural donde eran alimentados con carne cruda de caballo. Y más cruel aun, la categorización científica de fisiologías y conductas morales que posteriormente se aplicaban en las colonias del mundo.

Guyunusa, y sus desdichados compañeros de viaje, es un recuerdo, una estatua de bronce en el Prado de Montevideo y un busto de yeso moldeado en el hospital los días previos a su muerte y que hoy se expone en el Museo del Hombre de París. Claro que es mucho más y en días como hoy que se celebra el Día de la Mujer Indígena, debería ser de obligado cumplimiento describir y hacer sentir lo que ella vivió, nuestra capacidad infinita de ignorancia, de ser homus homini lupus.

Mi hija aún va esa escuela. Guyunusa Domínguez sigue ejerciendo de abuela y a poco que recuerde su flaca figura totémica, la otra y las otras que lo son, conviven en mi cabeza. Nunca se sabe de donde venimos.

 

María Micaela Guyunusa, nació en el Norte del Río Negro, a orillas del Río Uruguay, en la denominada por entonces, Banda Oriental, el 28 de septiembre de 1806.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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