El vientre blando de Occidente

o-AL-SURI-facebookPolíticos, politólogos, medios de comunicación y opinantes en general paulatinamente están instalando un estado de opinión belicista donde la democracia europea se enfrenta al medievo islamista sin otra solución que su aplastamiento militar. Atentado a atentado, si bien los métodos varían, el perfil del lobo solitario, esos seres considerados asociales, se consolida alejando el debate de una solución justa y dialogada entre mundos de creencias cada vez más influyentes (parece habitual las declaraciones del presidente de los Estados Unidos donde su repulsa al acto se transmite a través de una plegaria). Y es cierto que los escenarios de muerte ya están instalados en Europa pero las causas de los mismos tienen más que ver con la globalización tecnológica, en los avances de las comunicaciones y en ese pozo de racismo y xenofobia que durante décadas se ha engendrado en los conurbanos europeos. El odio estaba hibernando, solo había que decir las palabras acertadas para despertarlo.

Las democracias occidentales suelen elegir a sus presidentes y primeros ministros bajo el principio del carisma y excepcionalmente a líderes que aglutinan méritos objetivos y sentido de la responsabilidad social. Son funcionales al poder económico (gran beneficiado en cualquier conflicto). Los atentados de hoy, en el esquema de la tercera yihad en la que estamos inmersos, tienen su origen en la Guerra Fría, en la Revolución de Saur de Afganistán (1978), cuando sí se derroca una monarquía feudal y el gobierno de Nur Mohammad Taraki inicia un programa de reformas que pone fin a la usura, realiza campañas de alfabetización (por primera vez en las escuelas se enseñó en las lenguas nativas de los alumnos y también asistían mujeres), pone en marcha una reforma agraria, separa la religión del Estado, acaba con el cultivo del opio, legaliza los sindicatos y establece una ley de salario mínimo (en el caso de género, promueve  la igualdad de derechos para las mujeres: permiso de no usar velo, de transitar libremente y conducir automóviles, abolición de la dote, integración de mujeres al trabajo y a los estudios universitarios, así como a la vida política con cargos públicos done siete mujeres fueron elegidas al parlamento).

Ante esta dictadura del libertinaje Occidente, liderada por Estados Unidos y con la ayuda de Arabia Saudita y Paquistán organiza, promueve y apoya financieramente y con armas (francesas, británicas, estadounidenses…) a los grupos rebeldes muyahidines para desestabilizar el estado a través de la “Operación Ciclón”. El asesinato de Taraki fuerza a la Unión Soviética, en cumplimiento al pacto entre ambas naciones, a la invasión que se prolongará durante 10 años y será determinante para que sin ambages Occidente, Paquistán, Irán y Arabia Saudita destinen fondos y armas, subvencionen las famosas madrazas de Peshawar (Paquistán), adiestren y alienten a personajes como Bin Laden, Al Zawuahirí o los mulá Massoud, Haqqan,… y cómo no, el gran teórico de la tercera yihad, el sirio, de nacionalidad española, Abou Moussab al-Souri, en paradero desconocido dentro del Estado Islámico.

El repliegue soviético del 89, la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría estuvo presidido por dos presidentes con alzhéimer incipiente que actuaron como si de una guerra colonial se tratase obviando la radicalización y poniendo el acento en Irán donde los chiíes sobrevivían con éxito a la guerra contra Irak, el aliado de Occidente. Debieron pensar que unos contendrían a los otros cuando en realidad se retroalimentaban de las acciones realizadas y las respuestas que las potencias daban a las mismas. La lucha era por liderar a los musulmanes, por decantarlos entre sunitas y chiíes.

En un reciente artículo, Febbo introduce la controversia interna de Al Qaeda entre Ben Laden y Al-Souri, su mano derecha y autor del libro fundamental para los yihadistas del Estado Islámico, “Llamado a la resistencia islámica mundial”, donde contrapone la estrategia de los grandes atentados que solo pueden acarrear consecuencias destructoras porque accionaban dos resortes de una potencia con una capacidad de intervención militar enorme: primero, el aumento de los créditos militares, dos la invasión de los llamados “territorios cuna”, es decir, Afganistán. El atentado de 11 de septiembre atrajo a Estados Unidos a Afganistán y esa expedición militar terminó con el desmantelamiento casi total de Al Qaeda. La ex cabeza pensante de Bin Laden criticó a su jefe en un correo electrónico donde decía: “nuestro hermano fue contaminado por la enfermedad de las pantallas, los flashes, sus admiradores y los aplausos”.

Abou Moussab al-Souri propuso cambiar el objetivo hacia lo qué el llamaba “el vientre blando” de Occidente, es decir, Europa. Para ello, inventó el término de “nizam la tanzim”, un “sistema pero no una organización”: es decir, una estructura terrorista compuesta por células auto gestionadas, sin lazo con un órgano central, una suerte de yihad horizontal autónomo, separado de cualquier idea piramidal. Internet y las redes sociales serán en esa visión otro aporte clave porque ambos, en la idea de Al-Souri, ocupan el lugar de las mezquitas o los imanes. Sin contacto físico, sin frecuentación de lugares vigilados, los individuos se empapan en esa opción. Pero además, supo leer la situación de miles de posibles yihadistas que nacidos o criados en el seno de las sociedades occidentales y que eran victimas del racismo, la xenofobia, la exclusión. El Estado Islámico ha seguido esta doctrina ampliando, hasta el momento sus objetivos a Arabia Saudita, Yemen, Túnez, Libia, Turquía y Rusia. El lejano Oriente será, probablemente, su siguiente paso.

Afganistán, Irak (tanto en la primera invasión del 2003 como la que destruyó el país y creó la estructura administrativa del Estado Islámico), las primaveras árabes, etc. etc. son mojones de errores garrafales de los gobiernos de Occidente (por calificarlos con benevolencia) que en su búsqueda de petróleo y gas han logrado globalizar este “yihadismo pobre”. Ese “vientre blando” que es Europa debería endurecerse para encajar los golpes que aún restan y no seguir golpeando como única respuesta. Es una guerra ganada para la industria armamentística y perdida para todos.

 

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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