Políticos de plastilina

 

La plastilina es llamativa y hasta huele bien. Es irresistiblemente atractiva a pesar de asociarla a nuestra infancia. Fue creada con esa intención, dar forma temporalmente a las ideas. Y ser reutilizada tantas veces como la vorágine del objetivo lo demande. Los dedos la transforman. Las palmas la moldean. Su sutil humedad nunca hará definitiva la creación alejándonos de la incomoda definición.

Las campañas electorales anegan diaria rutina y la competencia por impactar en alguno de nuestros sentidos es un gas invisible para el que no existe mascarilla. Y sucumbís atrincherado en tu particular Línea Maginot. Una semanas dónde los discursos se moldean, dónde las propuestas se hacen como los menús del día. Y sin embargo, se conoce al cocinero.

Estas elecciones son novedosas al incluir políticos de plastilina. Parecen nuevos y son viejos. Fueron esto y aquello. Están diseñados para no permanecer, para ser bola o dado, barrita estrecha y alargada o tubería ancha y pesada. Deberíamos avergonzarnos de concederles el espacio público. Aunque bien pensado siempre han estado ahí, trepando en las empresas, en las organizaciones políticas más próximas. Verbo fácil, colorido aspecto. Sin embargo, como candidato a presidente cuesta tragarlo. Y es que la plastilina no se come ni tan siquiera se lleva a la boca. Ver a Albert Rivera o escucharlo, me retrotrae a la infancia y mis plastilinas de colores. Una invención de alguien.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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