Desalmado

El futbolista entra en la cancha y se persigna. Lo hace antes de patear el penal. Y hasta cuando festeja el gol que también se lo dedica, alzando sus dedos índices a las almas queridas que ven el partido desde el cielo, aunque esté nublado. Se persigna el obrero, el maestro, el profesional y el directivo cuando enfrenta una eventualidad, una singularidad, una catástrofe. Creo que son pocos los que se persignan cuando cogen. Gracias a dios, por dios, si dios quiere, dios dirá, adiós, dios mío son algunas de las exclamaciones de la diaria.

Hay pueblos elegidos, mujeres con pecado concebidas, posturas de loto, meses de ayuno, viernes imposibles, sábados muertos, domingos de asamblea. Están los bebedores de sangre de muerto, los de pescado y no carne, los de vacuno y no porcino, los de porcino y no vacuno, los que lavan la comida con agua bendita, los que sacrifican mirando hacia una piedra, los que le preparan la comida a su dios que aunque sin cuerpo tiene hambre.

Unas, otras, más o menos, escriben su historia glorificando el martirio. Ninguno de sus protagonistas pasó a los anales, escritos o no, por la felicidad de su vida. El sacrificio ha sido dado como una virtud, un ejemplo a seguir que, en demasiadas ocasiones, se ha llevado todo por delante. La promesa de otra vida en la no vida ha matado a cientos de millones de personas siendo la primera y más cruel sentencia que nos ha diferenciado en el reino animal.

Y para aquellos mártires se hacen fiestas, romerías, procesiones, ofrendas y hasta fechas no laborables. Vivan las mujeres y hombres que pasaron una vida de mierda, o la arriesgaron, o la finalizaron, o utilizaron el metal para hacer sangre a los infieles que en realidad los redimían y envían a esa otra vida. Dale vino, dale joda, dale flagelo, dale cabezazos a un muro, dale por la cruz o la estrella o la medialuna, dalo por el gordo, el flaco, el barbudo, por el amarillo, negro o blanco, dale para ver quien es más atroz con la mujer, quien la esconde más, quien la siente menos. ¡Dale animal!

En 1942, Isaac Asimov publica el relato Runaround donde establece tres leyes de la robótica:  Primera: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Segunda: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª ley. Tercera: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª ley. Lástima no sea aplicable a nuestro mundo orwelliano. Y con un adiós, se despide un desalmado.

 

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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